Más allá del mapa: Latinoamérica hay una sola
La identidad latinoamericana se construye entre colonialismo, mestizaje y desigualdad. Una mirada sobre aquello que une a la región.
La identidad latinoamericana atraviesa 33 países independientes de América Latina y el Caribe, además de distintos territorios dependientes. Podríamos hacer más distinciones, como normalmente sucede en la academia. Pero ninguna es más fuerte que aquello que nos une.
La historia no está completa si no vemos distintas perspectivas, y el pasado común de nuestro hogar no es la excepción: la colonización.
No es posible hablar o entender Latinoamérica sin ese proceso tan invasivo, que no dejó rincón sin tocar. No solo es crucial de este lado del mundo, sino también para África, Asia y Oceanía. Estos procesos son idealizados muchas veces por quienes los ejecutaron. También por quienes decidieron la forma de enseñarlos y mostrar sus resultados. Lo que no reconocen es la cantidad de violencia, sangre y la huella que dejaron en la región.
Nadie comprende mejor los problemas estructurales que parten del pasado colonial que quienes habitamos aquí y vemos, en el día a día, cómo los países más poderosos del globo nos dan la espalda. No seamos ingenuos al pensar que las colonias no existen en nuestros tiempos o que los conflictos coloniales no condicionan la libertad de algunos en la región.
Notemos cómo los términos de cualquier tipo de intercambio, ya sea comercial o humanitario, no son iguales para ambas partes. Ahora bien, si ellos nos están dando la espalda, ¿no deberíamos estar más unidos que nunca?

Identidad latinoamericana y el foco de las críticas
Lo que debemos entender, mientras las naciones más poderosas nos tienen dando vueltas de un lado para el otro, es que nosotros también somos grandes. Sin la presencia de nuestro territorio y los demás, las grandes potencias no serían mucho de lo que demuestran hoy.
Si hacemos oídos sordos y pensamos que en algún momento va a venir alguien a garantizarnos seguridad completa, nos estamos mintiendo a nosotros mismos. También nos estamos aislando de la solución más cercana, hermana y humana: nuestros países vecinos.
En estos últimos días, el discurso “antiargentino” se hizo muy popular. Esto no es una novedad para el mundo, donde la nación que queda en el centro de las críticas, hasta la próxima novedad, se va transformando.
Lo curioso es que este foco nunca se encuentra en las grandes potencias. En cambio, terminamos enfrentándonos entre nosotros y criticando a otros países, hermanos en pasado colonial, incluso en otros continentes.
Las críticas del momento hacia Argentina a nivel internacional no sostienen simplemente que somos un “país racista”, sino que somos “el más racista de todos”. Muchos latinoamericanos decidieron sumarse a esta ola de comentarios. No siempre advierten que la próxima víctima podría ser cualquiera de ellos, pero nunca del lado de los grandes.
Es interesante observar cómo países que tuvieron leyes claras de segregación y exclusión durante mucho tiempo nos señalan como lo hacen. No olvidemos aquella frase popular: al señalar a alguien con un dedo, otros tres de la misma mano apuntan hacia uno mismo.
La clave está en la identidad latinoamericana
Argentina estableció la libertad de vientres en 1813, antes de la declaración de la independencia de 1816. La abolición de la esclavitud quedó luego consagrada en la Constitución Nacional de 1853.
Si bien siempre hubo desacuerdos y discusiones, en 1994 el país reconoció la preexistencia étnica y cultural de los pueblos originarios y adoptó otras legislaciones internacionales con el paso del tiempo.
Más allá de las críticas, el compromiso argentino con actuar sobre las fallas en la integración de cualquier grupo no nace solo de legislaciones, sino de los mismos grupos de ciudadanos que reclamaron sus propios derechos y de voces que fueron oídas y visibilizadas. De igual manera, reconocer estos avances históricos no implica negar los episodios de discriminación ni las deudas pendientes.
Mestizaje, memoria e identidad latinoamericana
El mestizaje, lejos de ser un simple dato al pasar, es en nuestra región una verdadera declaración política que nos define como una sociedad internacional regional única. Esto no debe ser utilizado como crítica, sino como una marca de la colonia que nos atraviesa a todos los que compartimos ese pasado colonial.

Estas uniones deberían ser la estrategia que reconozca que, en este sistema, la única forma de dejar de solamente acatar las normas de las potencias es aceptar que nuestra fuerza reside en esa complejidad que nos hermana.
Al focalizar en las fallas de naciones individuales, las potencias logran que el debate se centre en nuestras incapacidades, ocultando que el orden internacional mismo es una jerarquía diseñada para categorizarnos y condicionarnos.
Nos señalan y nos ponen etiquetas para que gastemos nuestras energías defendiéndonos de nuestros propios vecinos, mientras ellos evitan explicar cómo su propia estabilidad se construyó sobre violencia y explotación en la periferia.
Es una trampa discursiva: nos juzgan con estándares que ellos mismos no cumplieron, pero que imponen para mantenernos en un lugar de subordinación.
Latinoamérica: todo nos une
Nuestra fragmentación no es un accidente, es una herramienta. A los centros de poder les beneficia que nos miremos con recelo, que compitamos por las migajas de su aprobación o que nos sumemos a sus campañas de desprestigio contra un país hermano.
Volver a la colonización no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de supervivencia para entender la marca que ese proceso dejó en lo que somos hoy. Esta historia no termina con la independencia, sino que persiste en la forma en que los grandes nos dan la espalda y en cómo se nos intenta aislar cuando buscamos un camino propio.
Si los poderosos se esfuerzan tanto en resaltar nuestras diferencias, es porque saben que una Latinoamérica unida representa una amenaza a su capacidad de control.
Latinoamérica no necesita construir una identidad común: ya la tiene. La identidad latinoamericana está escrita en un pasado compartido, en sociedades atravesadas por el mestizaje, en desafíos que se parecen más de lo que solemos admitir y en un futuro que difícilmente pueda alcanzarse en soledad.
Comprendamos el origen de las divisiones que aún persisten para dejar de reproducirlas. Tal vez el mayor acto de independencia que nos queda esté en reconocernos como parte de una misma historia y decidir tejer juntos lo que sigue.