La ASEAN frente a la crisis de Myanmar

Guerra civil, parálisis diplomática y los límites del principio de no injerencia regional .

Secretario general de la ASEAN Kao Kim Hourn junto con el representante permanente de Myanmar Aung Myo Myint – 2024

El sudeste asiático atraviesa un periodo de profunda reconfiguración geopolítica donde los mecanismos tradicionales de resolución de conflictos multilaterales están siendo puestos a prueba sin precedentes. En el centro de la tormenta institucional se encuentra la constante crisis en Myanmar vigente desde 2021 con un golpe de estado que estalló ese año, convirtiéndose en un conflicto interno caracterizado por una guerra civil abierta y atomizada. Para la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) el colapso institucional de uno de sus miembros continentales no representa únicamente una tragedia humanitaria trasfronteriza, sino una amenaza existencial a su propia credibilidad internacional y al principio fundacional de “Centralidad de la ASEAN” en materia de seguridad en el Indo-Pacífico. El estancamiento del bloque pone en evidencia las tensiones inherentes entre la diplomacia del consenso y las realidades de la violencia estatal contemporánea.

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La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) es una organización regional fundada en 1967 que reúne actualmente a diez Estados del Sudeste Asiático. Su funcionamiento se basa históricamente en principios como la soberanía estatal, el consenso y la no injerencia en asuntos internos.

La respuesta inicial de la organización se encuentra plasmada en el “Consenso de Cinco Puntos” adoptado en abril de 2021, que pretendía trazar una ruta clara: Cese de todo tipo de violencia, el inicio de un diálogo constructivo entre los estados miembros, con la designación de un enviado especial, el envío de una ayuda humanitaria y la visita de una delegación humanitaria al territorio. Sin embargo, tras años de infructuosos intentos de implementación, este marco normativo se ha revelado manifiestamente insuficiente. La junta militar, liderada por el consejo de Administración del estado en Naipyidó, ha instrumentado los tiempos diplomáticos para consolidar su control territorial mientras que las fuerzas de la oposición, nucleadas en el gobierno de unidad nacional (NUG) y las Organizaciones Armadas étnicas (EAO), han ganado terreno de manera significativa, fragmentando el mapa del país en múltiples zonas de control beligerante.

Esta parálisis quedó al descubierto durante los debates en la cumbre durante la reciente cumbre de ASEAN celebrada bajo la presidencia de Ferdinand Marcos Jr. en Cebú, Filipinas donde los estados miembros se encuentran divididos profundamente respecto al enfoque de adoptarse frente a un régimen militar. Por un lado, las democracias insulares y los miembros con posturas de política exterior alineadas con los estándares internacionales. Como los casos de Filipinas, Singapur, Indonesia y Malasia que han abogado por mantener la idea de firmeza institucional, postura traducida por la ratificación de la exclusión de los representantes políticos de la junta militar de las reuniones de alto nivel del bloque, permitiendo únicamente la asistencia de funcionarios técnicos y no políticos. Asimismo, este sector ha manifestado un rechazo contundente ante los intentos de la junta de convocar a un proceso electoral controlado con el argumento de que unos comicios celebrados en un contexto de exclusión política masiva y conflicto armado carecen de toda legitimidad democrática.

En el lado opuesto, encontramos a miembros que comparten fronteras terrestres o estrechos lazos económicos y de seguridad con Myanmar, como Tailandia, Laos y Camboya, que favorecen un enfoque muy pragmático. Para estas naciones, la prioridad inmediata no radica en la restauración democrática del país, sino en la contención de efectos colaterales de la crisis como el flujo masivo de refugiados y desplazados, el auge del crimen organizado trasnacional que opera en fronteras no controladas y la interrupción de los corredores comerciales de infraestructura. Yendo a casos concretos, en el caso de Tailandia, este país ha liderado iniciativas de diálogos como “vias alternativas”, donde invita a los ministros de relaciones exteriores de la junta a conversaciones bilaterales fuera de la ASEAN. Esta dualidad de enfoques erosiona la cohesión institucional del bloque y proyecta una imagen fragmentada que es fácilmente aprovechada por Naipyidó para mitigar su aislamiento regional.

La raíz profunda de esta grieta se encuentra en el arraigado principio ASEAN WAY (Vía de la ASEAN), siendo un código de conducta basado en el respeto irrestricto a la soberanía nacional, la no injerencia en los asuntos internos de los estados miembros y la toma de decisiones por consenso absoluto. Si bien estas normas fueron fundamentales para garantizar la coexistencia pacífica y el desarrollo económico regional durante la Guerra Fría y las décadas posteriores, actualmente actúan como un chaleco de fuerza legal. El requerimiento de unanimidad otorga, de facto, un derecho a veto para aquellos miembros que prefieren evitar precedentes de intervención regional en asuntos diplomáticos, paralizando la adopción de medidas coercitivas más severas, tales como la suspensión temporal del estatus de Myanmar o el establecimiento de sanciones económicas coordinadas.

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El concepto de “ASEAN Way” refiere al conjunto de prácticas diplomáticas informales que caracterizan al bloque: diálogo, consenso, gradualismo y respeto por la soberanía estatal. Este modelo ha sido considerado tanto una herramienta de estabilidad regional como un límite frente a crisis internas de los Estados miembros.
Activistas protestan contra el golpe militar en Myanmar durante una cumbre de la ASEAN en Yakarta, Indonesia, el 24 de abril de 2021. © 2021 Tatan Syuflana/AP Photo

Más allá de las cuestiones regionales, la crisis humanitaria en Myanmar se inserta directamente en la disputa geopolítica entre las superpotencias globales por la influencia en el Sudeste Asiático. las naciones occidentales lideradas por Estados Unidos y la Unión Europea han impuesto severas sanciones unilaterales contra el régimen militar y presionan por un aislamiento total y las potencias regionales como China e India adoptan la postura del Realismo político, ya que Pekín concentra su atención en intereses energéticos y logísticos vitales en territorio birmano, incluidos oleoductos y gasoductos estratégicos que conectan la provincia de Yunnan con el Golfo de Bengala, manteniendo una comunicación abierta con las fuerzas militares y con facciones étnicas armadas en la frontera norte. Esta interferencia no asegura la resolución del conflicto sino debilita los procesos de mediación de la ASEAN, evidenciando que el futuro de Myanmar se decide en mesas de negociaciones que dentro de los límites de la ASEAN.

El futuro de la ASEAN como actor de gobernanza regional dependerá de su capacidad para reformar sus métodos de toma de decisiones. El debate sobre la flexibilización del principio de no injerencia ante violencia masiva contra los Derechos Humanos y crisis de gobernabilidad generalizada ya no es una discusión teórica, sino una necesidad imperiosa para la supervivencia institucional del bloque. De no lograr articular una mediación efectiva que conduzca a un alto el fuego real y a una transición política en Myanmar, la organización corre el riesgo latente de perder relevancia a otros foros de seguridad de geometría variable en el Indo-Pacífico, quedando relegada a un mero foro de cooperación económica de baja intensidad,

La crisis de Myanmar representa el desafío diplomático más severo en el Sudeste Asiático en el siglo XXI. La persistencia de la guerra civil no solo desgasta el tejido social y económico de dicho país, sino que expone de manera importante los limites estructurales de los mecanismos multilaterales de la región. Esto se debe a que el bloque se encuentra en una encrucijada histórica: Aferrarse a la interpretación rígida de sus dogmas tradicionales de soberanía a costa de su irrelevancia geopolítica o evolucionar hacia una diplomacia más afectiva y adaptada a las realidades de las crisis complejas contemporáneas. La resolución de este dilema definirá el equilibrio de poder en el Sudeste Asiático y determinará si la región puede seguir siendo dueña de su propio destino estratégico o si se convertirá en un teatro pasivo de disputas entre las potencias globales.

Felipe Daniel Barrientos
Lic. en Relaciones Internacionales | Esp. en Política Internacional y en Problemática en Política Exterior (ISC).
Salta, Salta, Argentina
Felipe Barrientos ha participado en distintos espacios de análisis, investigación y divulgación sobre política internacional. Sus principales áreas de interés son la geopolítica, la seguridad internacional, el crimen organizado transnacional, el comercio internacional y los derechos humanos. Ha publicado artículos en diversos medios especializados sobre estos temas y de diversas regiones del mundo, como América Latina, Europa, Medio Oriente, Sudeste Asiático y Oceania.

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