La geopolítica de saber esperar

Irán y Yemen: estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb

Los avances hutíes sobre el Mar Rojo pusieron a Yemen en el centro de una guerra que viene presionando sobre el estrecho de Ormuz. Detrás de esa coincidencia geográfica, hay una historia más larga: la construcción iraní de capacidades durante décadas y una forma de pensar el poder que desafía nuestra concepción del mundo con el Estado-nación occidental como mirada universal.

El 15 de septiembre de 2026, apenas cuatro buques de carga atravesaron el estrecho de Ormuz. Antes de que comenzara la guerra, el promedio rondaba los 125 por día. Del otro lado de la península arábiga, el tráfico por Bab el-Mandeb también se redujo mientras los hutíes avanzaban sobre la costa occidental de Yemen y aumentaban sus ataques contra Arabia Saudita.

El día anterior, los hutíes habían tomado Hanish Mayor y Hanish Menor, dos islas del Mar Rojo que se sumaron a los avances sobre Bab el-Mandeb. La geografía explica rápidamente la importancia de las posiciones: por ese estrecho se conecta el océano Índico con el Mar Rojo y, a través de Suez, con el Mediterráneo.

Entre los más complicados se sitúa Arabia Saudita. El oleoducto Este-Oeste, construido para permitir que parte de su petróleo llegue al Mar Rojo sin pasar por Ormuz, fue dañado y permanecerá con buena parte de su capacidad fuera de servicio entre tres y cinco semanas. Una infraestructura diseñada para reducir la vulnerabilidad frente a Irán termina desembocando en un mar donde los hutíes hoy tienen una capacidad de presión mucho mayor que hace una década.

Mapa de Irán, Yemen, Ormuz y Bab el-Mandeb
La geografía saudí conecta ambos puntos de presión: el oleoducto Este-Oeste permite trasladar petróleo desde el Golfo hacia el Mar Rojo evitando Ormuz, pero su salida marítima depende de una ruta que atraviesa Bab el-Mandeb.

Es tentador mirar el mapa y encontrar una operación perfectamente coordinada: Irán sobre Ormuz y los hutíes sobre Bab el-Mandeb, dos estrechos bajo presión al mismo tiempo. El problema de esa lectura es que le atribuye a Teherán un nivel de control sobre Ansar Allah que la evidencia disponible no permite sostener y, además, borra buena parte de la historia política yemení.

Pero hay otra lectura posible: Irán lleva décadas construyendo capacidades cuyo valor estratégico no dependía de conocer de antemano el escenario exacto en el que iban a ser utilizadas.

Y eso nos obliga a hablar del tiempo.

Irán y una estrategia construida para durar

La experiencia iraní de las últimas décadas difícilmente pueda separarse de la guerra contra Irak. Entre 1980 y 1988, la recién creada República Islámica enfrentó una guerra larga y extraordinariamente costosa que dejó una marca profunda sobre su concepción de la seguridad. A esa experiencia se sumaron después las sanciones, el aislamiento, la presencia militar estadounidense en la región y una relación de fuerzas convencional casi siempre desfavorable frente a Estados Unidos y sus aliados.

Irán desarrolló buena parte de su estrategia desde esa asimetría.

Michael Eisenstadt describió hace años una cultura estratégica en la que conviven pragmatismo, resistencia, acción indirecta y una preferencia por evitar enfrentamientos convencionales decisivos cuando las condiciones resultan desfavorables. La paciencia aparece ahí como una herramienta concreta: demorar, desgastar, preservar capacidades y buscar que el paso del tiempo modifique la relación de fuerzas.

No, no lo exime de errores. Teherán ha cometido errores de cálculo, ha perdido aliados, ha sobreextendido recursos y ha tenido que modificar sus estrategias. La paciencia estratégica tampoco permaneció inalterada: la guerra de 2026 aceleró un pasaje hacia formas de confrontación mucho más directas.

Lo interesante está en otra parte. Durante décadas, Irán invirtió en capacidades que permitieran compensar una inferioridad convencional que sabía que no podía resolver simplemente comprando más tanques o aviones. Misiles y drones fueron parte de esa construcción, pero también una red regional de relaciones con actores armados que no son todos iguales ni mantienen el mismo grado de dependencia respecto de Teherán.

Yemen ocupa un lugar particular dentro de esa historia.

Yemen no empezó siendo una pieza iraní

Los vínculos entre Irán y los hutíes fueron marginales durante los años ochenta y noventa. Crecieron durante las guerras de Saada y adquirieron otra dimensión después de 2011, cuando la crisis política yemení permitió a Ansar Allah expandir su influencia. La intervención encabezada por Arabia Saudita en 2015 terminó de modificar la relación.

Teherán encontró una oportunidad evidente: apoyar a un movimiento enfrentado a su principal rival regional mientras Riad se hundía en una guerra cara, larga y cada vez más difícil de resolver.

Llegaron armas pequeñas, componentes para misiles y drones, entrenamiento, asesoramiento e inteligencia. También capacidades específicamente relevantes para el Mar Rojo: drones de superficie y submarinos, misiles antibuque y minas navales.

Fuerzas hutíes en Yemen y capacidades militares
El apoyo iraní contribuyó al desarrollo de las capacidades militares de Ansar Allah, especialmente desde la intervención liderada por Arabia Saudita en 2015. Los hutíes, sin embargo, conservan una agenda y una estructura de decisión propias.

Pero atribuir el crecimiento hutí exclusivamente a Irán implicaría borrar todo aquello que ocurrió dentro de Yemen. Ansar Allah incorporó unidades de las antiguas fuerzas armadas y de seguridad yemeníes, estableció acuerdos con actores tribales, aprovechó la fragmentación de sus adversarios y desarrolló estructuras políticas y militares propias. Su poder se construyó con apoyo externo, pero también dentro de las condiciones concretas de una guerra civil que Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos contribuyeron a regionalizar.

Por eso la palabra proxy queda corta.

Los hutíes mantienen la autoridad sobre sus propias decisiones y en distintas oportunidades actuaron incluso contra las preferencias iraníes. La relación se parece bastante más a una asociación asimétrica en la que coinciden intereses que a una cadena de mando que baja desde Teherán hasta Saná. El apoyo iraní fue fundamental para el desarrollo de determinadas capacidades militares hutíes; el control iraní sobre cada decisión hutí es otra afirmación, y la evidencia no la sostiene.

Irán no tenía que saber en 2015 que once años después los hutíes iban a ocupar determinadas islas mientras una guerra paralizaba buena parte del tránsito por Ormuz. Le alcanzaba con entender que ampliar las capacidades de un actor ubicado sobre el flanco sur de Arabia Saudita podía modificar, a largo plazo, el equilibrio regional.

Brookings estima que la inversión iraní anual fue, como máximo, de algunos cientos de millones de dólares y sostiene que, a cambio, Teherán contribuyó al ascenso de un actor capaz de proyectar influencia alrededor de la península arábiga. La comparación con el costo de sostener capacidades convencionales equivalentes es bastante elocuente.

En 2026, aquello que durante años ocupó un lugar secundario adquirió otro valor. No porque alguien hubiera escrito el desenlace de antemano, sino porque las capacidades acumuladas sobreviven a los escenarios para los que originalmente fueron pensadas.

El tiempo también es una capacidad

En Relaciones Internacionales solemos reconocer rápidamente los recursos materiales del poder. Territorio, población, recursos naturales, tecnología, fuerzas armadas, industria, capacidad financiera. El tiempo aparece bastante menos, aunque todas esas capacidades dependen de él.

Una red logística necesita años. También una relación política, una organización militar, una doctrina, el conocimiento necesario para fabricar un misil o la experiencia para utilizarlo. Incluso aquello que finalmente no se usa modifica el cálculo del adversario si existe la posibilidad de que pueda ser utilizado.

Por supuesto, durar tiene costos y alguien los paga. En el caso iraní, décadas de sanciones, aislamiento y militarización no pueden analizarse únicamente desde la eficiencia estratégica del Estado, porque sus consecuencias también recaen sobre la sociedad iraní. En Yemen, la dimensión humana es todavía más brutal: la nueva escalada ya desplazó a casi 94.000 personas, después de más de una década de guerra, hambre y destrucción.

La cuestión es por qué algunos Estados parecen capaces de sostener determinados objetivos durante períodos tan extensos. Y ahí aparece una discusión que excede ampliamente a Irán.

Estados que se piensan en siglos

La categoría de Estado-civilización se volvió bastante popular en los últimos años y, como ocurre con casi todos los conceptos que se ponen de moda, empezó a utilizarse para explicar demasiadas cosas.

China suele ser el ejemplo principal. También aparecen India, Rusia y Turquía. Irán permite incorporar otro caso, aunque con particularidades propias.

El concepto busca describir Estados contemporáneos cuya identidad política no se construye únicamente alrededor de la nación moderna, sino que reivindica una continuidad con una civilización mucho más antigua. Esa continuidad puede ser históricamente discutible, selectiva e incluso funcional a las necesidades de legitimación del gobierno de turno. Amitav Acharya advierte precisamente sobre ese problema: las identidades civilizatorias también son proyectos políticos contemporáneos y no una esencia que atravesó intacta miles de años.

Pero que una continuidad sea construida políticamente no significa que carezca de efectos políticos.

La República Islámica existe desde 1979. El Estado iraní contemporáneo participa del mismo sistema internacional de Estados soberanos que Argentina, Francia o Japón. Pero la representación que construye de sí mismo puede apoyarse en una profundidad histórica mucho mayor que la vida institucional de su régimen actual. Persia, el islam chiita, la experiencia imperial, la revolución y la guerra con Irak forman capas distintas de una memoria política que no necesitan ser perfectamente coherentes para intervenir sobre la manera en que el presente es interpretado.

Persépolis y la historia de Irán como Estado-civilización
La República Islámica nació en 1979, pero la representación política de Irán también dialoga con una historia mucho más extensa. La categoría de Estado-civilización intenta pensar precisamente esa relación entre el Estado contemporáneo y las continuidades históricas que reivindica.

Pensarse dentro de una historia extensa puede ampliar el horizonte desde el cual se calcula una pérdida, una amenaza o una oportunidad. Una derrota deja de ocupar necesariamente todo el campo visual. Una capacidad que todavía no produce resultados puede conservarse. Un adversario aparentemente demasiado poderoso puede ser leído también desde su capacidad (o incapacidad) para sostener el costo político de una confrontación prolongada.

Nada de esto significa que una civilización antigua fabrique automáticamente dirigentes pacientes. La historia no transmite una estrategia por herencia genética y la antigüedad de un Estado no garantiza inteligencia geopolítica. La cultura estratégica se construye con instituciones, guerras, recursos, ideologías, decisiones y restricciones materiales. Pero la profundidad histórica sí puede intervenir sobre el horizonte dentro del cual esas decisiones parecen posibles.

Y si aceptamos esa posibilidad, aparece un problema bastante más grande para la disciplina desde la que solemos analizarla.

El mundo nunca empezó en Westfalia

Buena parte de las Relaciones Internacionales que todavía estudiamos comienza contando una historia bastante conocida: Europa, la Paz de Westfalia, el nacimiento del Estado soberano, el equilibrio de poder y, después, la progresiva expansión de ese sistema hasta convertirse en mundial.

El relato tiene un problema evidente. Cuando Europa llegó a buena parte del mundo, ese mundo ya tenía varios miles de años de historia política.

Amitav Acharya propone ampliar el horizonte de las Relaciones Internacionales precisamente desde ahí. Antes de la expansión europea existieron órdenes internacionales en Medio Oriente, India, China, el mundo islámico y el océano Índico, con instituciones, jerarquías, normas, comercio, diplomacia y distintas formas de organizar la relación entre unidades políticas. Empezar la historia del orden mundial con Westfalia reduce cinco mil años de experiencias políticas a los pocos siglos en los que Europa consiguió imponer globalmente sus propias instituciones.

La expansión colonial hizo después algo todavía más profundo: convirtió esa experiencia particular en la medida de todas las demás.

Mapa de los imperios coloniales y expansión del Estado europeo
La expansión mundial del sistema de Estados estuvo atravesada por el colonialismo. Mientras Europa consolidaba la soberanía como principio de su orden interno, utilizaba jerarquías civilizatorias para determinar quién podía acceder a ella fuera de sus fronteras.

El Estado-nación se universalizó, pero no porque el resto del mundo hubiera recorrido espontáneamente el mismo camino histórico europeo. En buena parte de Asia, África y América Latina, la forma estatal moderna llegó asociada a la conquista, la colonización, la independencia y la posterior incorporación a un sistema cuyas reglas ya habían sido definidas en otro lugar. Acharya recuerda incluso la contradicción que atravesó esa expansión: mientras Europa reivindicaba soberanía e igualdad entre Estados dentro de su propio espacio, fuera de él utilizaba un “estándar de civilización” para decidir qué pueblos eran suficientemente civilizados como para merecer esa misma soberanía.

La independencia política no significó una ruptura automática con las categorías a partir de las cuales Europa había organizado el tiempo histórico. En tu propia investigación sobre Túnez aparece una preocupación que después se volvió central para Chicas en RRII: las instituciones formales pueden modificarse sin que las relaciones sociales y políticas se transformen al mismo ritmo. En el caso de las mujeres tunecinas, incluso una ley electoral que garantizaba paridad podía convivir con una representación efectiva mucho menor y con resistencias institucionales que limitaban la aplicación de las reformas.

Algo parecido ocurre cuando suponemos que la universalización del Estado moderno produjo también una universalización de la experiencia histórica que lo sostiene. Irán puede tener ministerios, fronteras, elecciones, fuerzas armadas y asiento en Naciones Unidas sin que eso obligue a que su dirigencia imagine el tiempo político exactamente de la misma manera que una potencia occidental.

El error aparece cuando confundimos una forma institucional compartida con una única manera de habitarla.

Yemen y el resultado de una inversión que tardó años

Los hutíes controlan hoy buena parte de la costa occidental de Yemen y sus últimos avances reforzaron su posición alrededor de Bab el-Mandeb. El 15 de septiembre volvieron a lanzar misiles y drones contra Arabia Saudita, mientras el tránsito marítimo disminuía tanto allí como en Ormuz.

Para Irán, la coincidencia es estratégicamente favorable. La presión sobre Ormuz limita una de las principales rutas energéticas del mundo; las dificultades saudíes para utilizar plenamente su salida alternativa hacia el Mar Rojo aumentan el valor de Bab el-Mandeb; y allí opera un actor cuyas capacidades militares Teherán ayudó a desarrollar durante años.

Nada de eso convierte a los hutíes en soldados iraníes ni demuestra que Teherán haya coordinado cada movimiento de esta ofensiva. De hecho, entender la estrategia iraní exige abandonar esa necesidad de encontrar control directo detrás de cada resultado favorable.

Una inversión estratégica también puede funcionar creando opciones.

Irán sostuvo durante años una relación que aumentó las capacidades de un actor autónomo cuyos intereses coincidían parcialmente con los suyos. Cuando el escenario regional cambió, esa capacidad ya estaba ahí. La ventaja no dependía de controlar el futuro sino de haber construido suficientes instrumentos para poder aprovecharlo.

Por eso la imagen del tablero resulta insuficiente. En el ajedrez, todas las piezas empiezan la partida al mismo tiempo, obedecen al mismo jugador y se mueven con reglas conocidas por ambos lados. La política internacional se parece bastante poco.

Algunos actores llegaron al escenario con memorias distintas, otros aprendieron a sobrevivir desde posiciones de inferioridad y otros tuvieron durante siglos el privilegio de convertir su propia experiencia en la definición de lo universal.

Los Estados-civilización aprendieron, entre otras cosas, a pensarse en tiempos largos. En el caso iraní, esa profundidad se combinó con condiciones históricas muy concretas que hicieron de la paciencia una herramienta estratégica: la guerra, la asimetría militar, las sanciones y la necesidad de encontrar formas menos costosas de proyectar poder.

El Estado-nación moderno occidental hizo otro recorrido. Después de expandir su forma política por el mundo, terminó muchas veces interpretando esa universalización como prueba de que también se habían universalizado sus categorías, sus incentivos y su manera de leer el tiempo.

Y mientras vuelve a chocarse con los límites de esa falsa universalidad, el movimiento que intenta comprender puede llevar décadas en marcha.

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