Elecciones en Estados Unidos: Trump pierde el Congreso

Las elecciones de Estados Unidos debilitaron a Trump. Analizamos las consecuencias para el Congreso, Israel, América Latina y Javier Milei.

Donald Trump durante un acto de campaña previo a las elecciones legislativas de Estados Unidos de 2026.

En noviembre de 2024, Donald Trump regresó a la Casa Blanca prometiendo recuperar la grandeza estadounidense. Dos años después, las elecciones legislativas mostraron que buena parte de las políticas con las que el presidente pretendía demostrar fortaleza terminaron convirtiéndose en argumentos contra su propio gobierno.

En noviembre de 2024, Donald Trump regresó a la Casa Blanca prometiendo recuperar la grandeza estadounidense. Dos años después, los estadounidenses volvieron a las urnas y buena parte de las políticas con las que el presidente pretendía demostrar fortaleza terminaron convirtiéndose en argumentos contra su propio gobierno.

Las elecciones legislativas del 3 de noviembre de 2026 dejaron a los republicanos sin el control de ninguna de las dos cámaras del Congreso. Los demócratas consiguieron victorias en estados históricamente conservadores, ampliaron su representación y recuperaron herramientas institucionales para condicionar al Ejecutivo.

Pero el resultado también plantea una cuestión que excede la política interna estadounidense. ¿Cuánto puede cambiar la política internacional de una potencia cuando cambia su Congreso, pero no necesariamente sus intereses estratégicos?

Elecciones 2026: una derrota que llegó hasta los bastiones republicanos

Las elecciones de medio término, conocidas como midterms, se celebran cada dos años entre las elecciones presidenciales. En ellas se renueva la totalidad de la Cámara de Representantes y aproximadamente un tercio del Senado. También se eligen autoridades estatales y locales.

Esta vez, el resultado superó ampliamente una simple pérdida de bancas.

Los demócratas consiguieron una mayoría de al menos 54 escaños en el Senado y recuperaron la Cámara de Representantes. En estados como Texas, Kansas y Carolina del Sur lograron victorias que parecían difíciles de imaginar apenas unos años atrás. Según Reuters, la magnitud del retroceso republicano también provocó tensiones dentro del propio partido. reuters.com+1

El voto no puede explicarse por un único factor, aunque las encuestas realizadas entre los electores muestran algunas tendencias. El precio de los alimentos, la vivienda y los combustibles ocupó un lugar central, junto con el rechazo a la guerra contra Irán y las políticas migratorias de la administración.

La contradicción resulta particularmente significativa porque Trump había construido buena parte de su campaña presidencial sobre esas mismas cuestiones.

Prometió mejorar la economía, reforzar las fronteras y evitar que Estados Unidos continuara involucrándose en guerras costosas. Sin embargo, la intervención contra Irán contribuyó al aumento del precio de los combustibles, mientras las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y las deportaciones generaron resistencias dentro de la sociedad estadounidense.

Los resultados también revelaron movimientos importantes entre los sectores que habían contribuido a su victoria presidencial. De acuerdo con The Associated Press, aproximadamente siete de cada diez votantes menores de 30 años apoyaron candidatos demócratas a la Cámara de Representantes. También hubo un desplazamiento significativo entre los votantes latinos y sectores de menores ingresos. apnews.com

La derrota republicana demuestra que una agenda capaz de movilizar electoralmente también puede producir un fuerte desgaste cuando sus consecuencias comienzan a sentirse en la vida cotidiana.

Capitolio de Estados Unidos tras las elecciones legislativas de noviembre de 2026.
Los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso estadounidense. La nueva composición legislativa asumirá en enero de 2027.

Qué puede hacer el nuevo Congreso y qué sigue en manos de Trump

A partir del 3 de enero de 2027, Trump deberá gobernar con una oposición que controla las dos cámaras del Poder Legislativo.

Los demócratas podrán bloquear proyectos de ley, condicionar la aprobación del presupuesto, investigar decisiones del Ejecutivo y, desde el Senado, frenar determinados nombramientos. También tendrán capacidad para convocar funcionarios y solicitar documentación sobre las políticas de la administración.

Esto incluye decisiones relacionadas con la guerra, la asistencia militar a otros países, las deportaciones y los acuerdos financieros internacionales.

La posibilidad de iniciar un nuevo juicio político contra Trump también vuelve a estar sobre la mesa. La Cámara de Representantes puede aprobar una acusación por mayoría simple, pero una eventual destitución requiere que dos tercios de los senadores presentes voten a favor de la condena.

En consecuencia, una mayoría demócrata permite iniciar el procedimiento, pero no garantiza que el presidente pueda ser removido.

Trump, además, conserva amplias facultades ejecutivas y el poder de vetar leyes aprobadas por el Congreso. El nuevo equilibrio institucional puede dificultar su agenda y someterla a mayor vigilancia, aunque no implica que la oposición pueda reemplazar unilateralmente sus decisiones.

El conflicto entre la Casa Blanca y el Capitolio será una de las principales características de los últimos dos años de su mandato.

Israel y Palestina: el cambio electoral no garantiza un cambio de política

Uno de los interrogantes más importantes aparece en la relación entre Estados Unidos e Israel.

El respaldo estadounidense a Israel ha sido una constante de las administraciones demócratas y republicanas. Existen diferencias entre ambos partidos sobre Netanyahu, la ocupación de Cisjordania, la asistencia militar y el reconocimiento de los derechos palestinos. Sin embargo, esas diferencias han convivido con una alianza estratégica que atraviesa gobiernos.

La administración de Joe Biden mantuvo el suministro de armamento a Israel durante la ofensiva genocida sobre Gaza. Trump, por su parte, profundizó su relación política con Netanyahu y promovió una estructura de supervisión internacional sobre el futuro del enclave sin representación palestina en su conducción, como analizamos en nuestro artículo sobre Gaza y los vínculos internacionales que sostienen a Israel.

Pero durante la jornada electoral ocurrió algo que merece especial atención.

El 3 de noviembre, Trump anunció que Estados Unidos dejaría de entregar aproximadamente 4.000 millones de dólares anuales en asistencia a Israel. Según explicó, había llegado a un acuerdo con Netanyahu y consideraba que Israel ya no necesitaba ese financiamiento.

También reconoció que la ayuda estadounidense se había convertido en un argumento utilizado por candidatos demócratas contra los republicanos. La declaración fue recogida por ABC News.

Sin embargo, el anuncio no implica que la asistencia ya haya sido suspendida. El acuerdo bilateral vigente contempla 3.800 millones de dólares anuales hasta 2028 y la continuidad de las ventas de armamento constituye una cuestión diferente.

De hecho, Trump señaló que Israel podría continuar comprando equipamiento militar estadounidense.

Habrá que observar si la declaración se traduce en medidas efectivas o si termina limitada a una respuesta frente al costo electoral de sostener esa ayuda.

El Congreso demócrata podrá investigar y condicionar determinadas partidas, pero tampoco representa una posición uniforme frente a Israel. Dentro del partido conviven sectores críticos de la asistencia militar y dirigentes que defienden su continuidad.

El cambio de mayorías abre posibilidades de intervención legislativa. Lo que todavía está en discusión es si esas posibilidades se utilizarán para modificar efectivamente el respaldo estadounidense a Israel y su actuación en el territorio palestino ocupado.

El apoyo militar a Israel también se convirtió en un tema de disputa dentro de la política estadounidense.

América Latina: demócratas y republicanos comparten una larga historia de intervencionismo

Para América Latina, el resultado tampoco puede interpretarse automáticamente como el comienzo de una política exterior menos intervencionista.

Las intervenciones militares, las sanciones económicas, las operaciones encubiertas y las presiones diplomáticas estadounidenses no pertenecen exclusivamente a un partido.

La historia regional ofrece ejemplos bajo gobiernos demócratas y republicanos. La invasión de República Dominicana en 1965 ocurrió durante la presidencia del demócrata Lyndon Johnson. El apoyo estadounidense a la Contra nicaragüense se desarrolló bajo el republicano Ronald Reagan. Y el endurecimiento de determinadas sanciones contra Venezuela, Cuba y Nicaragua atravesó administraciones de diferentes signos.

Las diferencias importan, pero no eliminan las continuidades. Washington seguirá considerando a América Latina un territorio relevante para sus intereses comerciales, militares y geopolíticos. La competencia con China, el acceso a recursos estratégicos y la influencia sobre los gobiernos regionales continuarán formando parte de su agenda.

El Congreso puede modificar los instrumentos utilizados, supervisar operaciones o imponer restricciones presupuestarias. Eso no significa que Estados Unidos vaya a abandonar sus objetivos de influencia en el continente.

El problema para nuestra región, entonces, sigue siendo cuánto margen de decisión conservan los países latinoamericanos frente a las prioridades de una potencia que atraviesa sus propias disputas políticas.

Milei apostó por Trump, pero Estados Unidos no se reduce a la Casa Blanca

Las consecuencias para Argentina tienen características particulares.

Javier Milei construyó una parte central de su política exterior sobre el alineamiento con Donald Trump. Esa relación no quedó limitada a los discursos. También involucró respaldo político, mecanismos de cooperación y asistencia financiera.

En octubre de 2025, el Tesoro estadounidense anunció una línea de intercambio de monedas por hasta 20.000 millones de dólares para respaldar la economía argentina. El mecanismo fue cuestionado por legisladores demócratas, que solicitaron información sobre sus condiciones, beneficiarios y riesgos para los recursos públicos estadounidenses.

En febrero de 2026, la senadora Elizabeth Warren volvió a cuestionar la continuidad de ese acuerdo y reclamó al Tesoro estadounidense que confirmara su cierre. reuters.com

Por eso, la recuperación demócrata de ambas cámaras tiene consecuencias que exceden el simbolismo político.

Milei apostó públicamente al fortalecimiento de Trump en las elecciones legislativas de 2026, pero el resultado fue el contrario. Ahora deberá relacionarse con un Congreso que cuenta con mayores herramientas para investigar y cuestionar las decisiones de la administración estadounidense.

Esto no significa que Trump vaya a retirarle automáticamente su respaldo a Argentina ni que toda asistencia económica dependa de una nueva votación legislativa.

Significa que el gobierno argentino podría encontrar mayores dificultades políticas para obtener o sostener determinados mecanismos de apoyo estadounidense.

El problema de fondo es el margen de autonomía.

La política exterior de Milei no solamente acercó a Argentina a Estados Unidos. También la vinculó a proyectos internacionales impulsados por Trump y Netanyahu, como analizamos en nuestra investigación sobre el Escudo de las Américas y los Acuerdos de Isaac.

Esa estrategia apuesta a construir influencia mediante una relación privilegiada con determinados dirigentes. Pero los Estados tienen instituciones, intereses económicos y disputas internas que sobreviven a cualquier presidente.

El escenario actual expone los límites de esa apuesta. El respaldo de Trump puede continuar, mientras otras instituciones estadounidenses adquieren mayor capacidad para condicionarlo.

Javier Milei convirtió su relación con Donald Trump en uno de los principales ejes de la política exterior argentina.

Trump perdió poder. Estados Unidos sigue siendo Estados Unidos

Las elecciones legislativas del 3 de noviembre modificaron el equilibrio institucional estadounidense y dejaron a Trump frente a una oposición fortalecida. También mostraron que las políticas de guerra, confrontación y endurecimiento migratorio pueden tener costos electorales importantes para quienes las impulsan.

Pero sería apresurado concluir que la victoria demócrata anticipa una transformación de la política internacional de Washington.

El Congreso podrá investigar decisiones militares, revisar partidas presupuestarias y condicionar al Ejecutivo. Todavía deberá demostrar hasta dónde está dispuesto a utilizar esas atribuciones y en qué cuestiones existe realmente voluntad de producir cambios.

Para América Latina, y especialmente para Argentina, estas elecciones también recuerdan que construir una política exterior alrededor de un dirigente extranjero implica quedar expuestos a conflictos políticos sobre los que no tenemos capacidad de decisión.

Los republicanos perdieron el Congreso. Trump conserva la presidencia. Y los intereses estratégicos estadounidenses seguirán siendo objeto de disputa, aunque con nuevos actores y una relación de fuerzas diferente.

La pregunta para nuestra región no debería limitarse a quién gobierna en Washington, sino a qué capacidad tenemos para definir nuestras propias prioridades, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca.

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