El reloj de Belgrano
Por Paula Villaluenga
Dirección Chicas en RRII
Hay una imagen que no te cuentan en la escuela y que a mí me persigue cada vez que se acerca el 20 de junio: un Manuel Belgrano, en su lecho de muerte, entregándole su reloj de bolsillo de oro a Joseph Redhead, el médico que lo había atendido, como pago y gesto de gratitud. El Estado le debía meses de sueldo y no tenía con qué pagarle. Murió ese día, 20 de junio de 1820, en la más absoluta pobreza, en una Buenos Aires demasiado ocupada peléandose con provincias como para prestarle atención a un general que se estaba yendo. Un tipo que se está muriendo sin un peso, regalando lo único de valor que le quedaba a quien lo cuidó.
Esta fecha, el 20 de junio, pasa distinto por mi cabeza desde hace un tiempo. No como el feriado de la foto con el cielo celeste y la canción aprendida de memoria en el patio de la escuela, sino como una pregunta: ¿qué se peleó para tener esta bandera, y qué estamos haciendo hoy con lo que esa pelea consiguió?
UNA BANDERA IZADA EN MEDIO DE LA GUERRA, NO DESPUÉS DE ELLA
En febrero de 1812 no existía la Argentina. Existía un pedazo de Sudamérica en guerra abierta contra España, con ejércitos realistas bajando desde el Alto Perú y una Buenos Aires que ni siquiera tenía garantizada su propia continuidad política. En ese contexto, a orillas del rio Paraná, Belgrano izó por primera vez una bandera celeste y blanca al mando de las tropas del Regimiento de Patricios. Sin prensa ni ceremonia pensada para la posteridad, solo un general que necesitaba que su tropa tuviera un trapo propio para diferenciarse del enemigo en medio de una guerra cuyo final nadie podía garantizar.
La bandera tampoco representaba todavía a un país independiente, porque la independencia no se había aún declarado. Eso llegó cuatro años después, en 1816, cuando el Congreso reunido en Tucumán declaró la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata y adoptó esa bandera como emblema. Lo hicieron sabiendo que la guerra seguía abierta. Declararse independientes en ese momento no era cerrar un proceso, sino comprometerse a seguir peleando, ahora con un nombre propio en juego.
LO QUE LE COSTÓ AL CUERPO DE UN SOLO HOMBRE, Y LO QUE LE COSTÓ AL RESTO
Belgrano no era militar de formación. Era abogado, había estudiado en España, y llegó a las armas desde la gestión económica y diplomática, no al revés. Cuando asumió el Ejército del Norte se encontró con tropas mal equipadas, recursos que faltaban todo el tiempo, derrotas de peso como Vilcapugio y Ayohuma. Igual siguió. Renunció a buena parte de su sueldo para destinarlo a escuelas y al sostenimiento de la guerra, y el reconocimiento que tiene hoy (la estatua, el feriado, el monumento, el billete) le llegó de manera retroactiva, mucho después de que se muriera sin que nadie le prestara demasiada atención.
Pero quedarse en Belgrano sería contar mal la historia, o contarla a medias. Bajo su mando hubo un ejército armado en gran parte con soldados del norte argentino y del Alto Perú, indígenas y mestizos que se sumaron a la guerra por sus propias razones, que no siempre coincidían con el proyecto de las élites porteñas que después escribirían los libros de historia. El Éxodo Jujeño, en 1812, cuando Belgrano ordenó evacuar la población civil de Jujuy ante el avance realista, significó que miles de personas comunes abandonaran sus casas, animales, tierras, para que el ejército revolucionario pudiera replegarse sin dejarle nada al enemigo. Esa gente pagó con su patrimonio y su desplazamiento una guerra que no había elegido empezar, y que sin embargo sostuvo.
UNA SOBERANÍA GANADA, NO CONCEDIDA
Ahí está, para mí, el centro de todo esto. La independencia y la bandera que la representa no llegaron por una gestión diplomática prolija ni por un acuerdo de buena fe con la corona española. Llegaron después de más de una década de guerra en distintos frentes, con un costo humano y material que recayó sobre soldados, civiles desplazados, dirigentes que se quedaron sin plata propia. España no se fue de estas tierras porque entendiera que la revolución tenía razón. Se fue derrotada, después de un desgaste sostenido durante años de combate.
Una soberanía conseguida por la fuerza de un proceso colectivo deja una experiencia propia de la que partir, una especie de capital político que no depende de la voluntad de nadie más. Una soberanía concedida, si tal cosa existiera, dependería siempre de que quien la concede siga estando de acuerdo. Acá no hubo concesión. Hubo guerra. Y de esa guerra salió, entre muchas otras cosas, el trapo que izamos con orgullo cada 20 de junio.
DOSCIENTOS DIEZ AÑOS DESPUÉS, OTRA FIRMA
El 4 de junio de este año, el ministro de Defensa Carlos Presti y el embajador de Estados Unidos, Peter Lamelas, firmaron dos cartas de intención. Una habilita el suministro recíproco de combustible militar entre los dos países, dentro de un acuerdo bilateral que existe desde 2009 pero que ahora se reactiva con fuerza. La otra incorpora a la Argentina a un acuerdo digital de tecnología militar estadounidense, con acceso a drones y sistemas antidrones que desarrolla el propio Estados Unidos. El comunicado oficial habló de acuerdos que amplían capacidades y fortalecen la proyección internacional del país, nada más.
Un mes antes, en mayo, el Comando Sur había anunciado un programa de vigilancia naval de cinco años sobre el Atlántico Sur, coordinado con la Armada argentina. Voceros oficiales aclararon que el área vigilada se limita a aguas bajo jurisdicción nacional y no incluye la zona en disputa con el Reino Unido alrededor de nuestras Malvinas. Aun así, la presencia de buques y aviones estadounidenses operando en esa franja de mar reabre algo que la historia argentina ya conoce de memoria: cuando un país no tiene capacidad propia de vigilancia sobre su plataforma marítima, quien decide qué es una amenaza y qué es rutina suele ser quien tiene la flota, no quien tiene la costa.
Nada de esto se firmó después de una guerra, sino en tiempos de paz formal, entre un gobierno que buscó este alineamiento de manera activa y una potencia que lo ofreció como parte de su propia estrategia regional.
LO QUE SEPARA PELEAR ALGO DE FIRMARLO
No tengo problema en decir que ningún país de la región produce por sí solo toda la tecnología militar que necesita, y que la cooperación internacional en defensa no es, en sí misma, un escándalo. El problema está, en realidad, en los términos en los que se negocia la cooperación y en lo que se entrega a cambio.
Cuando Belgrano y el Congreso de Tucumán construyeron la independencia, pagaron el costo completo: recursos propios, vidas, una guerra sin garantía de resultado. Cuando un gobierno firma cartas de intención que asegura combustible militar y acceso a drones a cambio de profundizar el alineamiento con una sola potencia, no está pagando ese mismo costo. Estos acuerdos no piden sacrificio comparable: piden dependencia, presentada con el vocabulario de la cooperación entre pares, que reduce el margen propio frente a decisiones que en algún momento va a tomar esa potencia, y no la Argentina.
HONRAR LA BANDERA EN SERIO
Hay una manera de pasar este feriado que se queda en la superficie y que a mí, sinceramente, no me genera ningún rechazo: izar la bandera, cantar la canción, sacarse la foto. El problema aparece si nos quedamos solo ahí, como si esa tela celeste y blanca fuera apenas una postal, cuando en realidad representa una guerra de más de una década, un Éxodo Jujeño con miles de familias desplazadas, un Belgrano que murió sin un peso y regaló su reloj de oro al médico que lo cuidó porque no tenía otra cosa para darle.
Esa lucha no se hizo para que cien, doscientos, trescientos años después la sigamos celebrando de memoria sin mirar qué hacemos con lo que ella construyó. Se hizo para tener margen propio de decisión, ese margen que hoy se negocia en cartas de intención firmadas en tiempos de paz, sin guerra de por medio, sin el costo que pagaron quienes nos dieron esta bandera.
La soberanía declarada en Tucumán en 1816 no fue un gesto simbólico vacío, sino la afirmación de que esta parte del continente podía gobernarse a sí misma sin pedirle permiso a ninguna potencia. Eso sigue siendo válido hoy, y sigue siendo una decisión que está en nuestras manos tomar, no en las de Washington ni en las de ninguna otra capital.
Belgrano no entregó su reloj para que la independencia se administrara con resignación. Peleó por la libertad de autogobernarnos, no la de elegir a nuestro próximo dueño. Peleó por una independencia que se ejerza con autonomía. Esa es la bandera que corresponde izar cada 20 de junio: no la del feriado vacío, el acto en la plaza y el chocolate con churros, sino la que todavía exige que la soberanía se defienda con la misma firmeza con la que se conquistó.