Acuerdos de Isaac: el acto oficial en Buenos Aires que pone alerta a la región
Esta semana Buenos Aires fue sede de la cumbre de los Acuerdos de Isaac, un acuerdo geopolítico que se presenta como la versión latinoamericana de los Acuerdos de Abraham y que reunió en el Alvear Icon Hotel de Puerto Madero a legisladores de doce países, al presidente Javier Milei, al canciller Pablo Quirno y al senador brasileño Flávio Bolsonaro. Lo que se firmó ahí no es un gesto diplomático aislado, es el arranque formal de una arquitectura institucional pensada para durar más que cualquier gobierno.
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Qué son los Acuerdos de Isaac
Los Acuerdos de Isaac nacieron a principios de este año, cuando Milei viajó a Israel y firmó, en la Knéset (ubicada en Jerusalén Este, territorio cuya anexión israelí no reconoce el derecho internacional), el Memorándum de Libertad y Democracia, en Combate del Terrorismo y el Antisemitismo. Están inspirados directamente en los Acuerdos de Abraham de 2020, el esquema que Estados Unidos negoció entre Israel y cuatro países árabes durante la primera presidencia de Trump.
La diferencia es el continente y el mecanismo. Acá no hay normalización de relaciones diplomáticas entre Estados que no se hablaban, sino la construcción de una red parlamentaria permanente entre Israel y legisladores latinoamericanos ya alineados. El embajador argentino en Israel, Axel Wahnish, lo resumió así: la idea es que Argentina funcione como fuerza impulsora para toda la región en la lucha contra el terrorismo y el antisemitismo liderada por Estados Unidos e Israel.
Quién organizó la cumbre y quién participó
La conferencia de tres días la organizaron dos entidades con sede en Washington: la Israel Allies Foundation, que preside Josh Reinstein, y American Friends of Isaac Accords, brazo sin fines de lucro de la Genesis Prize Foundation. No son organismos estatales, son fundaciones privadas con agenda propia que arman caucus parlamentarios en distintos países y después los convocan a reuniones como esta.
Participaron unos veinte legisladores de doce países: Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador, Colombia, Honduras, Chile, Costa Rica, Guatemala, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Panamá. La figura más visible fuera de Argentina fue Flávio Bolsonaro, senador y candidato presidencial en Brasil. Stafford Fitzgerald Haney, director de American Friends of Isaac Accords, definió el objetivo con una frase que conviene guardar: relación por relación, ley por ley, amistad por amistad. Habla de construcción institucional acumulativa, no de un acuerdo puntual.
El discurso de Milei: punta de lanza y neutralidad cómplice
En la apertura, Milei definió a la Argentina como la punta de lanza de la defensa de Occidente en América Latina y planteó que el país debía abandonar décadas de neutralidad cómplice. Agregó que no alcanza con admirar a Israel, hay que aprender de Israel. Son frases que ya había usado en abril, en su discurso ante la Knéset, cuando habló de una batalla existencial entre el bien y el mal.
Lo que hace la cumbre es bajar ese discurso a la práctica institucional. Terrorismo, antisemitismo, defensa de Occidente y seguridad regional quedan atados en un mismo paquete conceptual que se ofrece como marco a otros países de la región. El problema no es abstracto: cuando un gobierno decide qué categorías usar para nombrar un conflicto internacional, también está decidiendo qué posiciones políticas quedan adentro del debate legítimo y cuáles quedan marcadas como sospechosas.
La agenda concreta: embajadas, IHRA e inteligencia
Entre los puntos que se impulsaron en la cumbre están el traslado de embajadas latinoamericanas desde Tel Aviv, que es la sede diplomática que reconoce la comunidad internacional, hacia Jerusalén, y la adopción en los parlamentos de la región de la definición de antisemitismo elaborada por la International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA).
Esa definición suena técnica, pero los ejemplos que la acompañan equiparan la crítica al Estado de Israel, la denuncia de crímenes contra la población palestina o el cuestionamiento al sionismo como proyecto político con antisemitismo. Relatores de Naciones Unidas, organizaciones de derechos humanos y sectores judíos antisionistas vienen advirtiendo sobre esto hace años. Cuando se incorpora a una legislación nacional, corre el eje de discusión: deja de tratarse de qué opinás sobre la política de un Estado y pasa a tratarse de si tu discurso encaja en una categoría de riesgo para la seguridad.
A eso se suma cooperación en inteligencia artificial, ciberseguridad, tecnologías de doble uso, control migratorio e intercambio de inteligencia entre agencias de seguridad. En Argentina esto ya tiene correlato institucional: días antes de la cumbre empezó a funcionar el Centro Nacional Antiterrorismo, bajo la órbita de la SIDE y con asistencia técnica del FBI.
El costo concreto: el caso Giménez y Aguilera
Paula Giménez y Lucas Aguilera, directores de investigación de NODAL, integraban la misión humanitaria Global Sumud Land Convoy, organizada para denunciar el bloqueo israelí sobre Gaza y llevar ayuda. Mientras cumplían ese trabajo, fueron secuestrados en Libia. La misma cancillería argentina que hoy impulsa los Acuerdos de Isaac gestionaba oficialmente el caso mientras estaban privados de su libertad.
No hace falta imaginar el escenario que describe la matriz IHRA, ya ocurrió: dos periodistas argentinos documentando un bloqueo terminaron secuestrados, y el mismo aparato estatal que debía protegerlos es el que empuja el marco conceptual que los pone bajo sospecha.
Lectura desde el sur: centro, periferia y zonceras
Raúl Prebisch describió hace décadas el esquema centro periferia, y sirve exactamente para esto. Los Acuerdos de Isaac no son un vínculo entre iguales, son un esquema donde Argentina se ofrece activamente como plataforma regional para una agenda que se decide en otro lado, a cambio de un supuesto lugar de privilegio dentro de esa arquitectura. Es subordinación con vocación de liderazgo regional, lo cual no la hace menos subordinación.
Arturo Jauretche llamaba zoncera a este tipo de operación discursiva: presentar la neutralidad como complicidad convierte una posición legítima, la no injerencia en conflictos ajenos, en una falta moral. Una vez que la neutralidad queda estigmatizada, la única opción disponible parece ser el alineamiento total.
Argentina hoy, la región mañana
En el Congreso argentino ya hay resistencia formal. La diputada Lorena Pokoik presentó, junto a otros legisladores de Unión por la Patria, un proyecto de declaración que rechaza la promoción de los Acuerdos de Isaac y la realización de la cumbre en Buenos Aires. Es un gesto político menor frente al tamaño de la iniciativa, pero deja registro de que esto no pasó sin oposición.
Lo que se firmó esta semana en Puerto Madero no busca quedarse en un solo país. La cumbre reunió legisladores de doce naciones y el objetivo declarado es que cada uno vuelva a su parlamento a replicar el modelo. Argentina funciona como banco de pruebas: si la fórmula prende acá, lo que hoy es un memorando firmado por Milei mañana puede aparecer como proyecto de ley en Brasilia, en Bogotá o en Lima, empujado por los mismos legisladores que esta semana estuvieron sentados en ese hotel de Puerto Madero.