Teoría de la dependencia y la IA

La teoría de la dependencia y la IA revela nuevos desafíos para el Sur Global: datos, talento, infraestructura y soberanía tecnológica.

La inteligencia artificial depende de una infraestructura tecnológica cada vez más compleja y concentrada.

El chisme de fondo

Resulta que en los 60 y 70, Latinoamérica se puso a reflexionar en serio y dijo: “Oigan, ¿y si el desarrollo no es una escalerita que todos subimos igual?”. Décadas después, la teoría de la dependencia y la IA vuelven a encontrarse en una pregunta incómoda: ¿estamos repitiendo viejas desigualdades, ahora con algoritmos, datos y tecnología?

Ahí llegó la teoría de la dependencia, con su tanda de personas inteligentes —Cardoso, Faletto, Frank y compañía— a soltar la bomba: el subdesarrollo no es que estemos “atrasados”, es que somos explotados a propósito. El mundo no funciona como una carrera pareja; es más bien un juego de suma cero donde el Norte prospera porque el Sur está jodido.

Y ahora, en plena fiebre de la inteligencia artificial, la pregunta del millón es: ¿estamos repitiendo la misma historia, pero ahora con algoritmos y nubes? Spoiler: este ensayo dice que sí, pero con un maquillaje bien bonito y pantallas táctiles.

La teoría de la dependencia y la IA no se jubila, se actualiza

La enseñanza clave de esa teoría es que el desarrollo y el subdesarrollo son como el yin y el yang del capitalismo: se necesitan mutuamente. El Norte no es rico a pesar de que el Sur sea pobre; es rico gracias a que el Sur sea pobre.

Pues bien, la IA viene a ser el eslabón más nuevo de esa cadena de dependencias tecnológicas que empezó con la máquina de vapor y sigue con el iPhone. La diferencia es que ahora la cosa es más sutil, más fina, y por eso más peligrosa: no te das cuenta de que te están usando hasta que ya estás dentro del algoritmo.

Vista desde la teoría de la dependencia y la IA, esta nueva relación tecnológica plantea una cuestión central: quién produce los recursos necesarios para desarrollar inteligencia artificial, quién controla la infraestructura y quién termina quedándose con sus beneficios.

Tres formas en que la IA nos está amarrando (y no es bonito)

1. Los datos: el nuevo petróleo (y nosotros, los que sacamos la gasolina)

Todos dicen que los datos son el nuevo oro negro. Y sí, pero ¿quién tiene los pozos petroleros digitales? Pues las grandes tecnológicas (léase: gringas y chinas). Ellos tienen más datos que Dios, mientras que los países del Sur somos como los que pican la tierra, recolectamos la materia prima digital, se la llevan, la refinan y nos la venden hecha producto terminado.

Es el clásico cuento de siempre: vendemos barato lo nuestro y compramos caro lo de ellos, pero ahora en versión bytes. ¡Hasta los likes que damos son parte del negocio!

2. La fuga de cerebros 2.0

Aquí el chisme duele: formamos a los mejores ingenieros, matemáticos y científicos de datos en nuestras universidades, y en cuanto pueden, ¡pum!, se van a ganar en dólares o euros a los centros tecnológicos del Norte.

No es solo que se vayan; es que de paso se llevan el conocimiento que podríamos usar para resolver problemas bien nuestros: cómo mejorar la cosecha en el trópico, cómo gestionar el agua en zonas áridas, o cómo hacer que la educación llegue a más niños con pocos recursos.

Pero no, esos cerebritos se van a entrenar algoritmos para que te recomienden videos de gatitos o te vendan cosas que no necesitas. Duele, ¿no?

Desde la perspectiva de la teoría de la dependencia y la IA, esta fuga de talento no es un fenómeno aislado: puede convertirse en una nueva forma de dependencia cuando los países forman profesionales altamente especializados, pero las oportunidades para desarrollar tecnología propia permanecen concentradas fuera de sus fronteras.

3. La infraestructura: el dueño de la carretera manda

O sea, la nube, los chips, los cables submarinos, los centros de datos… todo eso está en manos de cuatro megaempresas que tienen más poder que muchos países. Los países del Sur solo alquilamos ese espacio, aceptamos sus condiciones, sus precios y sus reglas.

Es como si para manejar un carro, tuvieras que pedirle permiso al dueño de la carretera, y él te dice por dónde ir, a qué velocidad y qué música poner. La soberanía tecnológica, en esas condiciones, es puro cuento chino (y no precisamente por la IA china).

Por eso, hablar de teoría de la dependencia y la IA también implica hablar de infraestructura. No basta con tener acceso a una herramienta de inteligencia artificial si los servidores, los chips, la nube y buena parte de las redes que permiten su funcionamiento están controlados por actores externos.

Consecuencias: ¿y esto qué nos deja?

Todo esto no es solo un problema técnico, es político, cultural y hasta existencial. La IA podría ayudar un montón: agricultura inteligente, diagnósticos médicos en zonas sin doctores, educación personalizada… pero si no la controlamos, esos beneficios ni los olemos.

La adopción de inteligencia artificial también refleja las desigualdades económicas y digitales entre países. Fuente: PNUD.

Y lo peor es que los algoritmos vienen con la visión de mundo de quien los crea. Cuando llegan a nuestros países, nos quieren meter soluciones que no encajan, que distorsionan nuestras costumbres y que, sin querer, nos siguen colonizando las ideas.

La teoría de la dependencia y la IA permiten mirar este problema desde una perspectiva más amplia: la tecnología no llega a sociedades neutrales, sino a sociedades atravesadas por relaciones económicas, políticas y culturales.

Pero no todo está perdido (aquí viene la esperanza)

La teoría de la dependencia nos enseñó que las cadenas se pueden romper. No es fácil, pero se puede.

Una opción es la cooperación Sur-Sur: juntarnos entre países con problemas parecidos, compartir datos, hacer alianzas y desarrollar soluciones sin pedirle permiso al Norte. Bancos de datos regionales, leyes comunes, redes de investigación… todo eso puede ir armando un ecosistema propio.

Y claro, hay que invertir en educación, pero no solo para formar gente, sino para darles razones para quedarse. Proyectos chidos, bien pagados, con impacto real en sus comunidades. Que sientan que hacer IA en su tierra vale la pena.

En ese sentido, la discusión sobre la teoría de la dependencia y la IA no tiene por qué terminar en una visión pesimista. También puede servir para imaginar nuevas formas de cooperación, soberanía tecnológica y desarrollo desde el Sur Global.

Conclusión: el chisme final

La IA no es neutra. Y no nos va a salvar por arte de magia. Si no le ponemos atención, va a ser el nuevo yugo del Sur Global, pero con pantallitas bonitas.

Pero ojo: saber esto no es para tirar la toalla, sino para despertar. La teoría de la dependencia fue un grito de guerra en su época, y hoy vuelve a sonar con más fuerza. El Sur no puede quedarse viendo cómo otros deciden su futuro digital.

La relación entre la teoría de la dependencia y la IA nos deja una pregunta que va más allá de la tecnología: ¿quién tendrá el poder de decidir cómo se utiliza la inteligencia artificial y para beneficio de quién?

La autonomía tecnológica no es un lujo; es cuestión de supervivencia y de dignidad. Sí, el camino es cuesta arriba, pero la historia nos ha demostrado que las periferias son expertas en sobrevivir, resistir y hasta reinventarse.

La IA no será la excepción… siempre y cuando nos pongamos las pilas, nos organicemos y dejemos de ser espectadores para convertirnos en protagonistas.

📚 PARA SEGUIR LEYENDO:
 Cardoso, F. H., & Faletto, E. (1979). Dependency and development in Latin America. University of California Press
 Islam, M. R., & Jerin, A. J. (2025). Digital dependency and political economy in developing countries: A theoretical and empirical analysis. INTERDISIPLIN: Journal of Qualitative and Quantitative Research, 2 (5), 357–368. https://doi.org/10.61166/interdisiplin.v2i5.127
Marini, R. M. (1973). Dialéctica de la dependencia. Ediciones Era.
 Zavala Martinez, D., & García Serrano, L. A. (2026). Digital colonialism and climate justice: Critical notes from dependency theory. Tramas Y Redes, (10), 127–143. https://doi.org/10.54871/cl4c10ag

1 comentario

  1. Liliana Carrillo Martínez dice:

    Está excelente!!

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