La administración Trump frente a la globalización neoliberal: la política migratoria hacia América Latina

América del Norte

Por Justina Boneta.
Estudiante avanzada de la Lic. en Relaciones Internacionales.
Universidad Nacional de Rosario.
Santa Fe, Argentina.

Introducción

El fin de la Guerra Fría y la consolidación de un orden internacional unipolar marcaron el auge de la globalización neoliberal, caracterizada por la expansión del libre comercio, la desregulación económica y la interdependencia entre los Estados. Bajo el liderazgo de Estados Unidos, este proceso se consolidó como el paradigma dominante de desarrollo y gobernanza global. No obstante, las consecuencias sociales y distributivas de este modelo, entre ellas, la concentración de la riqueza y el aumento de la desigualdad, generaron crecientes tensiones políticas y económicas, incluso en los países que habían impulsado la apertura global. Tal como advierte Aronskind (2017), la globalización ha entrado en una fase de revisión estructural, impulsada por fuerzas políticas que cuestionan sus fundamentos liberales.

En este contexto, la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos  representó una ruptura con la estrategia hegemónica liberal que caracterizó la política exterior del país desde el final de la Guerra Fría. Según Posen (2018), Trump eliminó gran parte del componente “liberal” de la hegemonía estadounidense, proponiendo una “hegemonía iliberal” basada en el unilateralismo, el proteccionismo y el rechazo a los compromisos multilaterales. Su discurso nacionalista, sintetizado en los lemas America First y Make America Great Again, se tradujo en políticas que buscaron reforzar la soberanía estatal y renacionalizar la economía y la política.

Dentro de esa lógica, la cuestión migratoria ocupó un lugar central. La administración Trump construyó un relato que asoció la inmigración, especialmente la latinoamericana, con la inseguridad, la pérdida de empleos y el deterioro del bienestar social. Como señala Iglesias Cavicchioli (2018), el nacionalismo trumpista se inscribe en una tendencia más amplia de rechazo a la globalización, que busca revalorizar al Estado-nación mediante políticas restrictivas y excluyentes. De este modo, la política migratoria se convirtió en un campo privilegiado para observar las tensiones entre la lógica globalizadora y la reemergencia del soberanismo nacionalista.

A partir de este marco, el presente trabajo pretende responder la siguiente pregunta: ¿Qué tensiones con la globalización neoliberal se expresan en la política migratoria de Donald Trump hacia América Latina? Para ello, se examinan los fundamentos ideológicos del nacionalismo trumpista y las medidas implementadas en materia migratoria con el fin de analizar cómo dichas políticas reflejan un giro antiliberal en la proyección internacional de Estados Unidos.

La reacción trumpista ante la globalización: el caso de la política migratoria hacia América Latina

El fin de la  Guerra Fría y el momento de supremacía estadounidense trajo aparejado el auge de la globalización. Este proceso puede entenderse desde una dimensión socio-cultural, la universalización de principios liberales democráticos y un modelo de consumo capitalista; y otra económica, marcada por la liberación del tráfico de mercancías, servicios, dinero y capitales. Según Hirsh (1997), la posición cada vez más dominante de las empresas multinacionales como polos de poder, las cuales lograron desplegar su capacidad productiva a nivel mundial mediante procesos de deslocalización profundizan el desarrollo. 

“La ideología de la globalización ha sido el neoliberalismo, el cual plantea que el libre funcionamiento de los mercados es condición necesaria para una correcta distribución de los beneficios que trae aparejado el proceso globalizatorio” (Aronskind, 2017, 65). Es así que, en la década de 1990, se han impulsado desde las organismos multilaterales de crédito, medidas relacionadas a la privatización, desregulación y una disminución del rol del Estado con el objetivo de que el capital financiero pueda operar a escala mundial sin restricciones.

Los primeros años estuvieron marcados por un gran optimismo hacia los efectos democratizadores y las posibilidades de desarrollo que conllevaría dentro y fuera de las fronteras nacionales. Sin embargo, este proceso ha generado en las décadas recientes una serie de cambios distributivos en materia de riqueza y poder, caracterizados por la concentración de los recursos y la profundización de la desigualdad, tanto en el plano interno como internacional y afectando incluso a los países desarrollados. En consecuencia, “nuevos hechos políticos, ahora en las principales naciones impulsoras de la globalización, que parecen contradecir algunos de los aspectos claves de este proceso –como la creciente liberalización comercial–, reclaman una revisión de los elementos estructurales que están actuando como contra-tendencias de un ciclo mundial que se aproxima ya a las cuatro décadas.” (Aronskind; 2017, p. 1). 

Según Robert Kagan (2017), el orden internacional liberal atraviesa una etapa de profunda fragilidad, producto de un doble desafío que amenaza su continuidad. Por un lado, enfrenta una crisis interna derivada del debilitamiento de la democracia liberal en Occidente y del auge de movimientos nacionalistas y populistas que cuestionan sus fundamentos políticos e ideológicos. Por otro lado, se ve presionado desde el exterior por potencias emergentes como Rusia y China, que rechazan la distribución del poder surgido tras el fin de la Guerra Fría y promueven la configuración de un orden internacional posliberal y post americano, más acorde con sus propios intereses y valores. 

Esta combinación de presiones internas y externas, advierte Kagan, pone en riesgo la estabilidad del sistema global y acelera la erosión del liderazgo estadounidense. “Sin los EE.UU. ejerciendo como campeón de la democracia liberal, no existe un sustituto a ese liderazgo, de modo que el vacío americano no será colmado por otras potencias democráticas sino por las potencias iliberales y autocráticas que pretenden desmantelar el orden liberal.” (Iglesias Cavicchioli, 2018, 15).

Es en este contexto es donde se puede enmarcar la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos en representación del Partido Republicano. Esto significó un quiebre respecto a la estrategia hegemónica liberal que ejercieron los Estados Unidos a lo largo de los años. Tal como plantea Barry Posen:

“Era hegemónica porque EE.UU. pretendía ser el Estado más poderoso del mundo por amplio margen, y era liberal en el sentido de que dicho país buscó convertir el sistema internacional en un orden basado en reglas, controlado por instituciones multilaterales y transformar a otros estados en democracias orientadas al mercado que comercien libremente entre sí. Rompiendo con sus predecesores, Trump ha quitado gran parte de lo ‘liberal’ de la ‘hegemonía liberal’. Todavía busca mantener la superioridad económica y militar de EE.UU. y su rol como árbitro de seguridad para la mayoría de las regiones del mundo, pero él ha optado por renunciar a la exportación de la democracia y abstenerse de muchos acuerdos comerciales multilaterales. En otras palabras, Trump ha introducido una estrategia totalmente nueva en los EE.UU.: la hegemonía antiliberal.” (2018, p. 3)

Iglesias Cavicchioli enmarca el accionar externo del presidente dentro de la doctrina que él denomina “trumpista”, la cual está compuesta por cuatro elementos: nacionalismo, el anti-wilsonianismo, un unilateralismo instintivo y proteccionismo. El elemento nacionalista es transversal a todos los demás y está presente en los slogans “America First” y “Make America Great Again”. El discurso nacionalista de Trump se encuadra dentro de determinados hechos que se han producido a escala mundial y especialmente en occidente, como el Brexit y/o el ascenso de partidos de extrema derecha en el seno de la Unión Europea. Se tratan de fenómenos de “reacción y rechazo a la globalización, que busca recuperar la vitalidad del Estado-nación a través de la exaltación nacionalista y ‘desglobalizar’ las relaciones internacionales.” (Iglesias Cavicchioli, 2018, p. 5)

La respuesta de Trump ante las amenazas que genera la globalización es de renacionalizar la política y la economía mediante una mayor protección de las fronteras nacionales. El nacionalismo trumpiano, poseedor de un fuerte componente nativista, racista y xenófobo, lo cual se ve reflejado en la política migratoria extremadamente restrictiva y beligerante contra musulmanes de determinados países y contra latinoamericanos, especialmente aquellos de origen mexicano. (Iglesias Cavicchioli, 2018). 

Según Carrasco González (2017), los sectores conservadores estadounidenses han promovido en las últimas décadas una agenda política que adquirió especial relevancia durante la presidencia de Donald Trump. En su campaña electoral de 2017, el entonces candidato recurrió a una retórica populista caracterizada por la estigmatización de los inmigrantes mexicanos, centroamericanos y haitianos, a quienes describió como delincuentes y violadores. Este discurso contribuyó a consolidar un enfoque restrictivo en materia migratoria, traducido en políticas orientadas a reforzar la seguridad fronteriza, criminalizar y deportar a los inmigrantes indocumentados (estimados en alrededor de once millones), y limitar tanto el ingreso como las solicitudes de asilo. 

Asimismo, como desarrolla Aguirre Ernst (2020), Trump impulsó la expansión del muro en la frontera con México, que se erigió como el símbolo central de su política migratoria, bajo la premisa de que su financiación recaería en el país vecino. A ello se sumaron propuestas como la revisión o eventual cancelación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), la imposición de impuestos a las remesas enviadas por los migrantes (especialmente los mexicanos), y el rechazo a cualquier reforma migratoria integral que permitiera la regularización o naturalización de la población indocumentada.

A su vez, la administración Trump no estableció una distinción entre migración legal (documentada) e inmigración ilegal (indocumentada), sino que ha criminalizado a esta última, a la que considera como “mala”. “La criminalización de la migración ‘ilegal’ se fundamenta en la caracterización de ésta como una amenaza para la ley y el orden, al bienestar económico de los trabajadores de Estados Unidos, y a los sistemas de seguridad social (salud y educación, principalmente).”  (Carrasco González, 2017, p. 5)

Para Schmidt (2020), la fuerte retórica de Trump hacia los inmigrantes le permite nutrir el mito de que los inmigrantes son una amenaza para la seguridad nacional norteamericana. “La  mayoría  de  las  acusaciones  de  Trump  a  los  inmigrantes  se  pueden rebatir muy fácilmente. Muchos estudios, para dar un ejemplo, han demostrado que  los  inmigrantes,  tanto  documentados  como  indocumentados,  tienen  índices  de  criminalidad  por  debajo  de  los  del  resto  de  la  sociedad  estadounidense” (102).

Tal como plantea Aguirre Ernst, “el gobierno ha creado una grave y caótica situación humanitaria, violando leyes de los Estados Unidos y el Derecho Internacional Humanitario” (2020, p.15), ejerciendo estrategias coercitivas de negociación para que los países latinoamericanos cedan ante sus medidas. Esto se ve reflejado en la firma de “acuerdos de asilo cooperativo” con Guatemala, El Salvador y Honduras. “Según esos acuerdos, Estados Unidos puede transferir inmigrantes que lleguen a la frontera estadounidense con la intención de solicitar asilo para que lo pidan en esos países. En muchos casos, esta es una condena a muerte para personas que, precisamente, han huido de las mafias y represión.” (Aguirre Ernst, 2020, p.16). Para lograr que los tres gobiernos centroamericanos aceptaran ese acuerdo, el Departamento de Estado suspendió la ayuda al desarrollo que reciben de Estados Unidos.

Para finalizar, Cárdenas Alaminos (2023) argumenta que el lema “Make America Great Again” en buena medida quería decir “Make America White Again”. “Los objetivos generales de su política migratoria fueron reforzar el sistema de seguridad en la frontera y al interior del territorio, la aceleración de las deportaciones expeditas y con cargos por delitos graves a los migrantes, disminuir el ingreso por la vía permanente, en particular de inmigrantes no blancos y desmantelar el sistema de asilo”. (s/p)

Conclusión

A partir de lo expuesto, la dinámica analizada permite comprender cómo la política migratoria se constituyó en un espacio privilegiado para evidenciar el giro antiliberal de Estados Unidos y las tensiones estructurales propias de la globalización contemporánea.

Políticas restrictivas respecto a los flujos migratorios provenientes de países latinoamericanos como las mencionadas a lo largo de éste trabajo; la expansión del muro fronterizo con México, la criminalización de la inmigración y los acuerdos de asilo con países centroamericanos, muestran una ruptura con el consenso liberal y una reacción nacionalista frente a los costos sociales y económicos de la globalización neoliberal. 

Es pertinente subrayar, que Trump encarna la crisis interna del orden liberal internacional cuestionando las reglas que Estados Unidos impuso como la democracia liberal y el libre comercio. 

“En cuanto a las consecuencias de este abandono de la democracia, hay que señalar que el mismo favorece la tendencia de retroceso de la democracia a escala global y supone otro serio contratiempo para el orden liberal. Esta dejación americana de la defensa y promoción de la democracia liberal tiene una especial gravedad en un contexto internacional en el que la democracia está en retroceso a escala global y en una grave crisis en Europa, su principal bastión más allá de los EE.UU.” (Iglesias Cavicchioli, 2018, 47). 

Como sostiene Aguirre Ernst (2020), la política de Donald Trump hacia América Latina y el Caribe, al igual que otras de su administración, se basó en la radicalización de tendencias profundamente arraigadas en la sociedad estadounidense: la idea de imperio, el racismo, la xenofobia, el miedo y la hostilidad hacia los inmigrantes, así como el rechazo a los compromisos multilaterales.

En definitiva, la política migratoria de Trump ejemplifica el tránsito de Estados Unidos hacia una hegemonía antiliberal: busca conservar su poder material, pero renuncia a sostener los valores y compromisos del orden liberal que ella misma impulsó. 

Bibliografía

  • Aguirre Ernst, Mariano (2020). Las políticas post imperiales de Donald Trump hacia América Latina. En Wolf Grabendorf y Andrés Serbin (Eds.), Los actores globales y el (re) descubrimiento de América Latina, pp. 97-113. https://www.cries.org/?p=5595
  • Aronskind, R. (2017). Trump: ¿Un parche nacionalista a la crisis de la globalización?. Revista Estado y Políticas Públicas, 8, 59-79.
  • Cárdenas Alaminos, N. (2022). “Make America White Again”. Los cambios en la política migratoria de Estados Unidos bajo el gobierno de Donald Trump. Norteamérica, 17(2), 191-212.
  • González, G. C. (2017). La política migratoria de Donald Trump. Revista Alegatos, (95), 171-198.
  • Hirsch, J. (1997). ¿Qué es la globalización? Realidad Económica, 147, 7-17.
  • Iglesias Cavicchioli, Manuel (octubre 2018). La crítica neoconservadora a la política exterior de Donald Trump: entre el rechazo ideológico frontal y la posibilidad de una influencia limitada. Revista UNISCI, (48), 33-60. http://dx.doi.org/10.31439/UNISCI-17 
  • Schmidt, A. (2019). Exclusión: la política migratoria de Donald Trump. Argumentos Estudios críticos de la sociedad, 97-123.
  • Posen, Barry R. (junio 2018), The Rise of Illiberal Hegemony (María Eugenia Garfi, Trans.). Material de cátedra de Análisis del Sistema Internacional, Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales (UNR). (Trabajo original publicado en Foreign Affairs, 97(2), March/April 2018) 
  • Kagan, Robert. “The Twilight of the Liberal World Order.” The Brookings Institution, 24 de enero de 2017. Disponible en:https://www.brookings.edu/research/the-twilight-of-the-liberal-world-order/