MAQUIAVELO IS NOT DEAD: poder, conflicto y negación de la política en la era Milei
Por Paula Villaluenga
Dirección Chicas en RRII
Tucumán, Argentina
En su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos, Javier Milei afirmó que “Maquiavelo ha muerto”. La frase fue presentada como un diagnóstico de época: el fin de una política basada en el cálculo estratégico, el conflicto y la disputa por el poder, supuestamente reemplazada por un orden donde el mercado, la eficiencia económica y la verdad técnica habrían ocupado el lugar de la política. Sin embargo, lejos de describir una transformación real, esta afirmación funciona como una operación ideológica clásica: declarar muerto aquello que todavía incomoda.
Maquiavelo no está muerto porque el poder no está muerto. Y mientras existan decisiones que distribuyen costos y beneficios, mientras haya ganadores y perdedores, mientras el conflicto sea constitutivo de la vida social, el pensamiento maquiaveliano seguirá siendo una herramienta central para comprender la política. De hecho, el propio gobierno de Milei confirma, en su discurso y en su práctica, la plena vigencia de aquello que pretende enterrar.
La contradicción no se da entre Maquiavelo y Milei. Se da entre el discurso antipolítico del presidente y una práctica gubernamental profundamente política, atravesada por relaciones de fuerza, antagonismos sociales, decisiones coercitivas y construcción de enemigos. Declarar la muerte de Maquiavelo no es un gesto de superación histórica: es un intento de despolitizar decisiones que son, en esencia, políticas.
Maquiavelo y la invención de la política moderna
Nicolás Maquiavelo introduce una ruptura decisiva en la historia del pensamiento occidental. Al separar la política de la moral cristiana y de la teología, inaugura una forma radicalmente nueva de pensar el poder. En El Príncipe, la política deja de ser el arte de realizar el bien común según principios universales y pasa a ser el arte de gobernar en un mundo atravesado por la contingencia, la incertidumbre y el conflicto.
La noción de virtù no refiere a la virtud moral, sino a la capacidad del gobernante para leer la coyuntura, anticipar amenazas, adaptarse a la fortuna y conservar el Estado. Maquiavelo no propone una política “sin moral”, como suele caricaturizarse, sino una moral específicamente política, orientada a la estabilidad del orden y a la supervivencia del poder. Como señalan Isaiah Berlin y Quentin Skinner, Maquiavelo no celebra la crueldad ni el engaño: describe un mundo trágico en el que gobernar implica decidir entre males posibles.
Este punto es central para desmontar la afirmación de Milei. La política, para Maquiavelo, no puede ser reemplazada por ninguna lógica externa, sea moral, religiosa o económica. No existe orden social que no esté precedido por una decisión política. Incluso la estabilidad más aparentemente técnica descansa sobre relaciones de fuerza y actos de poder.
El mercado como sustituto de la política
El discurso mileísta presenta al mercado como un orden natural autorregulado y al Estado como una fuente intrínseca de corrupción, ineficiencia y violencia. Esta oposición no es novedosa: constituye el núcleo ideológico del neoliberalismo. Sin embargo, como advirtió Karl Polanyi en La gran transformación, el mercado autorregulado no es un fenómeno espontáneo, sino una construcción política que requiere intervención constante y produce profundas dislocaciones sociales.
Michel Foucault profundizó esta crítica al analizar el neoliberalismo como una forma específica de gubernamentalidad. En Nacimiento de la biopolítica, muestra que el neoliberalismo no implica la retirada del Estado, sino su reorganización para producir sujetos competitivos, responsables de sí mismos y disciplinados por la lógica del mercado. El Estado neoliberal no desaparece: cambia de función.
En este marco, la afirmación de que la política ha sido reemplazada por la economía resulta profundamente engañosa. El mercado no elimina la política: la encubre. Las decisiones económicas que se presentan como técnicas o inevitables son, en realidad, decisiones políticas que distribuyen riesgos, sufrimientos y oportunidades de manera desigual.
El gobierno de Milei encarna con claridad esta racionalidad. Bajo la retórica de la “no intervención”, se despliega un poder estatal fuerte que decide qué sectores deben soportar el ajuste, qué derechos son prescindibles y qué vidas son consideradas económicamente inviables. La política no se retira: se naturaliza.
Negar el conflicto no lo elimina
Una de las consecuencias centrales de esta operación ideológica es la negación del conflicto como dimensión constitutiva de lo social. Chantal Mouffe ha insistido en que toda sociedad está atravesada por antagonismos irreductibles. Intentar suprimirlos en nombre del consenso o de la eficiencia solo conduce a su radicalización.
El mileísmo no elimina el conflicto: lo moraliza. La construcción de figuras como “la casta”, “los parásitos” o “los que viven del Estado” transforma antagonismos sociales en enfrentamientos morales. El adversario político deja de ser un oponente legítimo y se convierte en un enemigo que debe ser erradicado.
Aquí reaparece, con fuerza, una lógica profundamente política. Carl Schmitt definía lo político a partir de la distinción amigo-enemigo. Aunque Milei proclame el fin de la política, su retórica confirma esta definición: el orden se construye señalando enemigos internos y justificando el sufrimiento presente como un sacrificio necesario.
La pedagogía del castigo
El ajuste económico no opera únicamente como una política económica. Funciona también como una pedagogía moral. Wendy Brown ha mostrado cómo el neoliberalismo produce sujetos que internalizan la culpa por su propia exclusión. El sufrimiento deja de ser un problema colectivo y se convierte en una responsabilidad individual.
En este sentido, el ajuste no es solo una medida de orden fiscal, sino una forma de disciplinamiento social. Enseña quién merece protección y quién debe ser castigado. Enseña qué vidas son valiosas y cuáles son descartables. Esta dimensión pedagógica del poder es todo menos pospolítica.
Maquiavelo comprendía bien esta lógica. En El Príncipe, sostiene que, si no se puede ser amado y temido a la vez, es preferible ser temido. Pero agrega una advertencia clave: el temor no debe transformarse en odio. El odio del pueblo es el principio de la ruina del gobernante.
El uso sistemático del miedo como tecnología de gobierno, sin construcción de beneficios compartidos ni horizontes de mejora, no es una estrategia novedosa. Es una apuesta riesgosa que Maquiavelo describió con precisión hace más de cinco siglos.
Un realismo político fallido
Paradójicamente, el problema del gobierno de Milei no es su supuesto maquiavelismo, sino su incapacidad para cumplir incluso con los criterios mínimos del realismo político. Maquiavelo no solo legitima la dureza cuando es necesaria: exige una lectura fina del humor popular, la construcción de consensos mínimos y la regulación del conflicto.
En los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Maquiavelo otorga un lugar central al pueblo como actor político. El conflicto, lejos de ser una anomalía, es una fuente de vitalidad institucional cuando está canalizado. Gobernar exclusivamente mediante la confrontación permanente y la pedagogía del castigo erosiona las bases mismas de la gobernabilidad.
Como advirtieron Gramsci y, en América Latina, Norbert Lechner, ningún orden se sostiene solo por coerción. Toda dominación duradera combina fuerza y consenso. El rechazo explícito de la política no elimina esta necesidad: la vuelve más inestable.
Maquiavelo sigue vivo
Lejos de haber muerto, Maquiavelo continúa siendo una clave interpretativa central para comprender la política contemporánea. Declarar su obsolescencia forma parte de una operación ideológica destinada a despolitizar decisiones económicas y presentar el conflicto social como una anomalía moral.
El caso argentino confirma la vigencia del realismo político en el siglo XXI. Allí donde se proclama el fin de la política, esta reaparece en su forma más cruda: como decisión, exclusión y coerción. Maquiavelo no es el problema. El problema es la negación de la política en nombre de un orden que se pretende natural, pero que solo puede imponerse mediante el poder.
Maquiavelo no está muerto. Está incómodo. Y por eso hay quienes necesitan anunciar su entierro.