La geopolítica del cuerpo, el poder y la disciplina
La geopolítica del cuerpo revela cómo los ideales de belleza, la economía y la política condicionan la autonomía y el poder de las mujeres.
Existe algo inquietante en el modo en que las mujeres volvemos a adelgazar. En las plataformas digitales proliferan imágenes de figuras extremadamente delgadas, acompañadas por el regreso de modas características de las décadas de 1990 y 2000, junto con un auge de discursos enfocados en el ejercicio, la alimentación restrictiva y el autocontrol permanente. De manera simultánea, en diversos países ganan visibilidad propuestas culturales y políticas que promueven una feminidad tradicional, orientada a la maternidad, el hogar y con menor presencia en la disputa pública.
Aunque estos fenómenos puedan parecer hechos aislados, la historia demuestra que la belleza nunca fue neutral. Los ideales corporales son construcciones sociales e históricas que varían profundamente según la época. En otros momentos del pasado, la gordura no solo era vista con agrado, sino que simbolizaba salud, belleza y prosperidad económica, mientras que la delgadez resultaba poco atractiva. Lo verdaderamente novedoso en la actualidad radica en la velocidad y la escala masiva con la que estas expectativas corporales circulan por todo el planeta.
El cuerpo sin fronteras: Cómo viajan los estándares globales
Al igual que los bienes económicos, los modelos estéticos se internacionalizan en el escenario global de forma muy parecida. Durante décadas, la televisión y el cine exportaron prototipos femeninos específicos, pero la llegada de las plataformas digitales aceleró este proceso hasta volverlo cotidiano e instantáneo.
Una tendencia estética que se populariza en Estados Unidos puede convertirse en pocas horas en la aspiración de una joven en Brasil a través de influencers globales, y luego ser empaquetada y comercializada por empresas multinacionales, sin que sea necesaria la intervención de ningún Estado.
Esta circulación constante va más allá de la apariencia física: la internacionalización de la belleza exporta patrones culturales sobre cómo debe comportarse quien habita esos cuerpos. De este modo, imágenes e ideas globales desembarcan en realidades locales donde se debaten intensamente los límites de la autonomía de las mujeres, la salud reproductiva y su derecho a participar en las decisiones públicas.
El cuerpo histórico: Cambia la forma, permanece la norma

En Fearing the Black Body, la socióloga Sabrina Strings demuestra cómo la valoración de la delgadez y la estigmatización de los cuerpos grandes no surgieron de preferencias estéticas individuales, sino de una larga trayectoria de clasificaciones sociales, raciales y de género.
Esta perspectiva permite comprender que la figura ideal de la mujer se ha modificado en cada periodo histórico para responder a las dinámicas de poder de su tiempo.
A pesar de las transformaciones estéticas a lo largo de los siglos, la exigencia hacia las mujeres permanece. El cuerpo deseable no necesita ser alcanzable en la práctica; su función principal es ser perseguido sin descanso. Bajo la industria de la belleza y el bienestar, la promesa de fondo continúa siendo la misma: todavía no sos suficiente, pero podrías llegar a serlo.
Hacerse pequeña: Del control sobre el cuerpo al repliegue político
Actualmente, la delgadez dejó de ser una característica meramente visual para transformarse en un símbolo de virtudes morales como la disciplina, la voluntad, la productividad y el autocontrol. El cuerpo delgado funciona ante la mirada social como la prueba de cuánto puede dominarse a sí misma una persona. En consecuencia, una mujer que aprende a controlar su propio cuerpo es también una mujer educada para no excederse.
Las redes sociales cumplen un papel central en este proceso, no porque hayan inventado el ideal de delgadez, sino porque aceleraron su circulación y multiplicaron su exposición. Un estudio reciente realizado con 282 mujeres jóvenes encontró que una mayor frecuencia de uso de redes sociales se asociaba con una mayor comparación de la propia apariencia y una mayor internalización del ideal de delgadez.
El efecto también aparece vinculado al tipo de contenido consumido: seguir publicaciones centradas en cuerpos y estándares de apariencia puede reforzar la idea de que ese modelo corporal es el deseable.
Así, una norma estética que antes llegaba a través de revistas, televisión o publicidad puede hoy aparecer de manera cotidiana en el teléfono, presentada no necesariamente como una imposición, sino como una elección personal: una rutina, una dieta, un entrenamiento, una forma de “cuidarse”.
El ideal deja entonces de parecer una imagen externa que se contempla y empieza a funcionar como una conducta que debe incorporarse.
Esta búsqueda de un ideal de mujer delgada, arreglada, maternal y disciplinada coincide funcionalmente con discursos políticos que impulsan el regreso al orden tradicional. Aunque la moda y la política conservadora no sean aliados explícitos, ambas parecen valorar la contención y el rechazo a lo disruptivo.
Ocupar menos espacio físico se vincula simbólicamente con la forma en que las mujeres ocupan espacio en la vida pública: al hablar, protestar, decidir o disputar poder. Así, el cuerpo pequeño puede operar como la manifestación visible de alguien que acepta ocupar su lugar y conoce de antemano los límites de ese espacio.
El cuerpo como territorio geopolítico
Desde las Relaciones Internacionales, el cuerpo femenino puede ser conceptualizado como un territorio sujeto a control, regulación y disputa. En los conflictos armados, la violencia sexual ha sido empleada históricamente como una estrategia deliberada de terror y dominación territorial. En tiempos de paz, el poder se ejerce mediante la regulación estatal de la reproducción, el dictamen de las industrias culturales sobre la deseabilidad y la difusión masiva de imágenes en plataformas digitales.
El cuerpo resulta ser, simultáneamente, íntimo, público, individual y geopolítico.
Este repliegue sobre el lugar de las mujeres ocurre, además, mientras su presencia en los espacios de poder todavía avanza lentamente. Según datos de ONU Mujeres, el promedio mundial de mujeres en los parlamentos es de apenas el 27,5%. Y, al ritmo actual, la paridad en los parlamentos no llegaría hasta 2063.
El dato muestra que la igualdad en la representación política todavía está lejos de ser una realidad y que los avances conseguidos siguen siendo frágiles ante cualquier embestida conservadora.
El achicamiento del espacio que ocupan las mujeres también tiene una dimensión económica. Cuando los gobiernos aplican políticas de austeridad o destinan una mayor parte de sus recursos al pago de la deuda, los recortes en servicios públicos pueden trasladar más tareas de cuidado hacia los hogares. Y dentro de ellos, esa carga sigue recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres.

Los números permiten dimensionar el problema. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el aumento del servicio de la deuda podría poner en riesgo 55 millones de empleos ocupados por mujeres y reducir en un 17% sus ingresos per cápita en los países en desarrollo.
A escala global, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que 708 millones de mujeres están fuera del mercado laboral debido a responsabilidades de cuidado no remuneradas.
La desigualdad económica, entonces, no se reduce a cuánto gana una mujer. También importa cuánto tiempo tiene disponible y qué puede hacer con él. Estudiar, trabajar, organizarse, participar de una organización o disputar un lugar en la política requiere recursos y tiempo propio.
Cuando ambos se reducen, la autonomía también se vuelve más difícil. El achicamiento del espacio femenino se concreta en menores recursos, menos tiempo propio y menos oportunidades de ocupar espacios de decisión.
El espacio que nos queda
La coincidencia entre cuerpos más pequeños, mayores cargas económicas y discursos de repliegue tradicional no responde a una conspiración coordinada. Es el resultado de la convergencia de procesos culturales, económicos, tecnológicos y políticos que presionan en una misma dirección. En épocas de incertidumbre económica y retracción del estado, la familia tradicional se presenta erróneamente como la única red de contención y, con ella, también se revalorizan formas de feminidad asociadas al cuidado, la domesticidad y el orden.
El riesgo principal reside en considerar las exigencias estéticas o de conducta como meras elecciones individuales desvinculadas del contexto. Aunque las mujeres puedan resignificar las modas y vivirlas de formas diversas, las decisiones personales no se toman en el vacío, se dan dentro de estructuras sociales determinadas, que premian la conformidad y penalizan la desobediencia. La exigencia de una feminidad construida sobre la reducción busca presentar a una mujer visible pero no disruptiva, deseable pero no necesariamente autónoma.
Ante esta encrucijada, recordamos una advertencia de Simone de Beauvoir que conserva una vigencia incomoda:
«No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida».
La disputa por el cuerpo femenino sigue siendo, en última instancia, una disputa fundamental por el espacio político, la autonomía y el poder en la sociedad contemporánea.