Argentina pierde posiciones en paz global
Argentina cayó 20 puestos en el Índice Global de Paz mientras sella los Acuerdos de Isaac con Israel. Analizamos la contradicción. Leé la nota completa.
Dos noticias que circularon esta semana con poca conexión aparente terminan siendo, en rigor, la misma historia contada desde dos ángulos distintos. Por un lado, el Índice Global de Paz 2026 del Instituto de Economía y Paz (IEP) ubicó a Argentina en el puesto 72 de 163 países, veinte lugares por debajo de la edición anterior. Por otro, el gobierno de Javier Milei consolidó en las últimas semanas los Acuerdos de Isaac, el marco de alineamiento estratégico con Israel y Estados Unidos que el propio presidente concibió como la versión latinoamericana de los Acuerdos de Abraham. Leídas juntas, ambas noticias describen el mismo movimiento: un país que reordena su política exterior hacia Occidente en el momento exacto en que sus indicadores internos de estabilidad se deterioran más rápido que los de casi cualquier otro en la región.
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Lo que mide el índice y lo que encontró en Argentina
El IEP evalúa a 163 países según 23 indicadores agrupados en tres dimensiones: conflictividad en curso, seguridad y protección social, y grado de militarización. Argentina retrocedió un 6,1% en su puntaje general, el peor deterioro porcentual de toda Sudamérica en esta edición. El golpe más fuerte llegó en la categoría de conflictos en curso, que cayó 18,9%, arrastrada por un dato que hasta ahora no figuraba en la medición: 114 muertes vinculadas a organizaciones narco en la provincia de Santa Fe, principalmente en Rosario. El indicador de manifestaciones violentas también empeoró, un 71,4%, en un capítulo que el propio informe conecta con la represión a las movilizaciones de jubilados en Buenos Aires durante 2025, que terminó con cientos de heridos.
El Ministerio de Seguridad salió a cuestionar la metodología. Sostuvo que cerca del 80% de la caída se explica porque el IEP incorporó recién este año una violencia narco que, según el propio gobierno, existe en Rosario desde hace más de una década, y que sin ese ajuste estadístico el retroceso real habría sido de apenas 1,3% en vez de 6,1%, lo que hubiera dejado a Argentina unos cinco puestos abajo en lugar de veinte. Es un argumento parcialmente verificable y vale la pena consignarlo con esa salvedad, aunque no explica por completo el salto en el indicador de protestas violentas, que remite a una dinámica de 2025 y no a un problema de series históricas.

Los Acuerdos de Isaac, en detalle
El 19 de abril, durante su tercer viaje a Israel desde que asumió la presidencia, Milei firmó junto a Benjamin Netanyahu el lanzamiento de los Acuerdos de Isaac. Cancillería argentina los definió como «un nuevo marco estratégico destinado a fortalecer la cooperación entre Argentina, Israel y socios afines en el Hemisferio Occidental», con foco declarado en la lucha contra el terrorismo, el antisemitismo y el narcotráfico, y una mención explícita a contener «los intentos de Irán de expandir sus redes terroristas y su presencia operativa» en América Latina. El propio comunicado reconoce la inspiración directa en los Acuerdos de Abraham impulsados por Donald Trump en 2020.
Entre los puntos concretos que salieron de esa firma figura la intención de establecer un vuelo directo entre Buenos Aires y Tel Aviv operado por El Al, previsto para noviembre, que eliminaría la escala técnica habitual en Madrid. También se avanzó en cooperación entre ministerios de seguridad y en memorandos de tecnología e inteligencia artificial. Milei reiteró además su plan de trasladar la embajada argentina a Jerusalén «en cuanto las condiciones lo permitan», una definición que Tel Aviv celebra como reconocimiento político pero que la comunidad internacional en su enorme mayoría no acompaña, dado que la anexión israelí de Jerusalén oriental no está reconocida por Naciones Unidas.
A fines de junio, Buenos Aires fue sede de una cumbre de tres días que llevó la iniciativa a otra escala. Organizada por la Fundación Israel Allies junto con American Friends of Isaac Accords, reunió a unos veinte legisladores de más de una docena de países latinoamericanos, entre ellos el precandidato presidencial brasileño Flavio Bolsonaro. El embajador argentino en Israel, Axel Wahnish, resumió el objetivo declarado: que Argentina funcione como «fuerza impulsora» para que toda la región se sume a la lucha contra el terrorismo y el antisemitismo liderada por Estados Unidos e Israel. El propio Milei fue más explícito todavía al hablar ante esos legisladores: definió a Argentina como «punta de lanza de la defensa de Occidente en América Latina» y pidió abandonar lo que llamó «neutralidad cómplice», en una lucha que describió en términos existenciales entre el bien y el mal.
Una alianza que no es solo bilateral
Leer los Acuerdos de Isaac únicamente como un vínculo diplomático entre dos gobiernos deja afuera lo más relevante del proyecto: su vocación de escala regional. La cumbre de Buenos Aires impulsó la creación de caucus parlamentarios en distintos países y buscó fortalecer una dimensión de seguridad que incluye intercambio de inteligencia y control migratorio. El embajador Fitzgerald Haney, director para América Latina de American Friends of Isaac Accords, lo definió con una frase que funciona casi como programa: «relación por relación, ley por ley, amistad por amistad». La intención declarada es que el proyecto trascienda los ciclos electorales y se institucionalice más allá del propio gobierno de Milei.
Esto ocurre, además, en un contexto regional donde la ola de derechas que gobierna o aspira a gobernar en varios países latinoamericanos encuentra en los Acuerdos de Isaac una plataforma de coordinación que va más allá de lo bilateral. La participación de referentes bolsonaristas en la cumbre de Buenos Aires es un indicio de hacia dónde apunta el proyecto: construir una red de alineamiento con Washington y Tel Aviv que funcione como bloque dentro de la región, en un momento en que buena parte de la comunidad internacional cuestiona a Israel por la situación en Gaza y por los bombardeos sobre Irán.
Dos series de datos, una misma lectura posible
Argentina asumió en los últimos dos años y medio una centralidad diplomática con Israel y Estados Unidos que ningún gobierno argentino, ni siquiera los más cercanos a Washington en el pasado, había sostenido con tanta explicitud. En paralelo, sus indicadores de conflictividad interna, desde la violencia narco en Rosario hasta la represión de protestas sociales, empeoraron al punto de ubicar al país entre los que más retrocedieron en la región durante el último año. No hace falta forzar una relación de causalidad directa entre ambos procesos para notar la tensión que encierran: mientras la política exterior se define cada vez más en términos de pertenencia a un bloque civilizatorio, «Occidente» contra sus enemigos declarados, la experiencia cotidiana de buena parte de la población argentina remite a una inseguridad y una conflictividad social que no encuentran respuesta en ese mismo marco.
Es la contradicción clásica de los países de la periferia cuando definen su lugar en el mundo puertas afuera: cuanto más se refuerza el relato de alineamiento estratégico con las potencias centrales, más nítido queda el contraste con los problemas que ese alineamiento no resuelve puertas adentro. El Índice de Paz Global no mide política exterior. Mide, entre otras cosas, si la gente puede salir a manifestarse sin que la respuesta termine en heridos, o si un estado provincial logra contener la violencia del crimen organizado. Los Acuerdos de Isaac, en cambio, hablan de otra cosa: de qué lugar quiere ocupar Argentina en el tablero geopolítico global. Que ambas noticias hayan aparecido en la misma semana no es casualidad editorial, es el mapa de una época.