Simone de Beauvoir tenía razón: los derechos de las mujeres no son irreversibles
Afganistán, Estados Unidos, Polonia y América Latina muestran que los derechos de las mujeres no son irreversibles ni están garantizados.
“No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres sean cuestionados”.
Décadas después de que Simone de Beauvoir pronunciara esta advertencia, la realidad demuestra que sus palabras siguen vigentes. Aunque los derechos de las mujeres han avanzado significativamente en distintas partes del mundo, los acontecimientos recientes evidencian que estos logros no son permanentes y pueden verse amenazados por cambios políticos, conflictos armados o crisis sociales.
En este artículo
Afganistán: el retroceso de los derechos de las mujeres

Un ejemplo reciente es Afganistán, donde los talibanes retomaron el poder en 2021, provocando un grave retroceso en materia de derechos humanos y afectando especialmente a mujeres y niñas en un contexto de casi total impunidad. En pocos años, millones de mujeres que anteriormente podían estudiar, trabajar, practicar deportes o simplemente salir de su casa con libertad vieron restringidos estos derechos fundamentales, enfrentando severas limitaciones en prácticamente todos los aspectos de su vida cotidiana. En 2020, una mujer podía aspirar a la presidencia de Afganistán; hoy, ni siquiera puede ser vista en público.
Este caso específico demuestra que el reconocimiento legal de un derecho no siempre es suficiente para garantizar su permanencia. Esta vulnerabilidad es particularmente evidente en grupos que históricamente han enfrentado discriminación y una representación limitada en los espacios de poder, como las mujeres.
Cuando las democracias retroceden

Sin embargo, el cuestionamiento por la permanencia de los derechos de las mujeres no ocurre únicamente en sociedades con regímenes extremistas, en contextos de conflictos armados activos o realidades ajenas a la nuestra. Incluso en sociedades desarrolladas y democráticas, ciertos derechos que parecían consolidados han vuelto a convertirse en objeto de debate. Las discusiones recientes sobre los derechos reproductivos, especialmente en torno al derecho al aborto y los servicios de salud sexual, reflejan esta tendencia. En 2022 la Corte Suprema de Estados Unidos anuló el precedente de Roe v. Wade, que había protegido el derecho al aborto a nivel federal durante casi 50 años. Esto permitió que diversos estados impusieran nuevas restricciones al aborto, reabriendo una discusión que muchas personas consideraban resuelta. Aunque esta anulación ocurrió durante la presidencia de Joe Biden, la decisión fue posible gracias a cambios en la composición de la Corte Suprema, realizados durante la administración anterior. Este caso demuestra cómo los derechos pueden verse afectados por transformaciones políticas graduales, incluso cuando han estado protegidos por décadas.
De manera similar, Polonia mantiene una de las legislaciones más restrictivas en Europa en materia de salud reproductiva, lo que ha generado una gran preocupación por parte de organismos internacionales. En 2020, el Tribunal Constitucional de Polonia declaró inconstitucional una de las principales excepciones que permitían interrumpir el embarazo, aquella por “defecto fetal grave e irreversible o enfermedad incurable que amenaza la vida del feto”. Como resultado, el acceso al aborto seguro y legal se redujo drásticamente y pasó a estar permitido solo en circunstancias limitadas, como cuando la vida de la madre corre peligro o cuando el embarazo es consecuencia de ciertos delitos. Este caso resulta especialmente significativo, debido a que ocurrió en una democracia europea, lo que demuestra que los derechos de las mujeres pueden ser cuestionados no solo en contextos de guerra o autoritarismos, sino también en sociedades democráticas donde muchos consideran que ciertos derechos están plenamente garantizados.
América Latina: entre avances y desafíos pendientes

En el caso de América Latina, la situación de los derechos de las mujeres muestra que los avances legales no siempre se traducen a una protección en la vida cotidiana. En las últimas décadas, muchos países latinoamericanos han adoptado leyes para promover la igualdad de género, ayudar a combatir la violencia contra las mujeres y aumentar su participación política. En el caso de México, por ejemplo, se han implementado mecanismos para garantizar una mayor representación femenina en cargos públicos y se han fortalecido los marcos legales para sancionar la violencia de género.
Sin embargo, estos avances coexisten con problemas persistentes como los feminicidios, las desapariciones forzadas y las diversas formas de discriminación. Esta contradicción sólo evidencia que el reconocimiento formal de los derechos no es suficiente si las mismas instituciones no logran garantizar su cumplimiento en la práctica. La existencia de leyes representa un paso importante, pero la protección real de los derechos humanos depende de su aplicación efectiva y de cambios culturales dentro de la sociedad. El caso latinoamericano muestra que la lucha por los derechos de las mujeres no termina en el reconocimiento jurídico de estos, sino en el esfuerzo por volverlos una realidad.
Los derechos de las mujeres como una conquista permanente

La reflexión de Simone de Beauvoir no debe entenderse como una afirmación de que los derechos de las mujeres estén destinados a desaparecer, sino como una advertencia sobre su fragilidad. A lo largo de la historia, muchos de los derechos y libertades de las mujeres han sido el resultado de largos procesos de lucha social, movilización política y cambios culturales. Por ello, su permanencia no está garantizada únicamente por su reconocimiento legal. Cuando una sociedad enfrenta crisis políticas, económicas o ideológicas, los derechos de grupos históricamente discriminados suelen ser más vulnerables a retrocesos o limitaciones. Los casos de Afganistán, Estados Unidos, Polonia y América Latina evidencian que los avances en materia de igualdad pueden verse afectados de distintas maneras: mediante restricciones legales, cambios de gobierno, transformaciones ideológicas o la falta de aplicación efectiva de las leyes. En este sentido, la advertencia de Beauvoir sigue siendo relevante porque recuerda que la igualdad no es una meta alcanzada de forma definitiva, sino un proceso que requiere atención, participación y defensa constante.
Estos acontecimientos demuestran que los derechos de las mujeres no son conquistas definitivas. Afganistán evidencia cómo cambios políticos drásticos pueden arrebatar libertades fundamentales en cuestión de meses; los debates sobre los derechos reproductivos en Estados Unidos y Polonia muestran que incluso derechos que parecían consolidados pueden volver a ser cuestionados; y América Latina refleja que los avances legislativos no siempre se traducen en protección y seguridad en la vida cotidiana. Por ello, la advertencia de Simone de Beauvoir mantiene plena vigencia: basta una crisis política, social o cultural para que derechos considerados garantizados se vean amenazados. La historia demuestra que el progreso no es irreversible. Los derechos de las mujeres no se conservan por inercia ni permanecen garantizados por el simple paso del tiempo; requieren vigilancia constante, instituciones sólidas y sociedades comprometidas con su defensa. De lo contrario, aquello que parecía un logro permanente puede convertirse nuevamente en una reivindicación pendiente.
Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Chihuahua