Japón y Studio Ghibli: una historia de revolución y soft power 

Asia

Por Lucia Lago Krümmer
Tesista de Relaciones Internacionales y estudiante de Ciencia Política en la Universidad de Belgrano
Buenos Aires, Argentina

Cuando pensamos en Studio Ghibli, seguramente se nos vienen a la mente grandes éxitos como “El viaje de Chihiro” o “El increíble castillo vagabundo”. Estas películas se convirtieron en clásicos inolvidables para niños y adultos. Su éxito rotundo convirtió a Studio Ghibli en un estudio de animación capaz de rivalizar con Disney. Nominaciones a los premios Oscar y reestrenos que atraen a millones de espectadores nos hacen ver a Studio Ghibli como un imperio capitalista y no como lo que realmente es; un proyecto creativo que busca hacer reflexionar a la sociedad japonesa y mundial.

Marxismo y posguerra: los inicios de Studio Ghibli 

Durante los años sesenta, Japón se encontraba en una situación sumamente compleja. Luego de la Segunda Guerra Mundial, y como consecuencia de los crímenes de guerra cometidos por Japón durante el transcurso de la contienda, el país estaba bastante aislado del resto del continente asiático y la Comunidad Internacional en su conjunto.

Sin embargo, cuando en el año 1964 Tokio, ciudad capital de Japón, organizó los Juegos Olímpicos de verano; el mundo comenzó a cambiar su perspectiva sobre el país del Sol naciente. 

En ese contexto, la cultura occidental hizo su aparición en el país. La cultura norteamericana, con su Jazz y sus películas de animación, influyó mucho en la incipiente industria cinematográfica del país. 

Fue durante esos años que Hayao Miyazaki, creador y emblema de Studio Ghibli, comenzó a transitar su carrera como dibujante. Si bien en ese tiempo logró destacar como un artista prometedor, las brutales condiciones laborales lo llevaron a integrar luchas sindicales con el objetivo de luchar por los derechos laborales de los dibujantes japoneses.

Miyazaki se convirtió en uno de los principales delegados sindicales junto a su amigo y compañero Isao Takahata. El descontento con el estado de la industria llevó a ambos dibujantes a crear su propio estudio de animación. Este proyecto personal terminó convirtiéndose en un gigante del entretenimiento, así nació Studio Ghibli.

Studio Ghibli y su compromiso ideológico: mucho más que solo entretenimiento 

Aunque el objetivo principal del estudio era el entrenamiento, se proponía conseguirlo a través de métodos poco convencionales como la incorporación de temas sociales como el pacifismo – sumamente relevante para el Japón de la posguerra -, el ambientalismo y la crisis del capitalismo en un mundo globalizado.

Su estilo se diferenciaba mucho de otros estudios de la época; sus dibujos eran más sofisticados y sus personajes comprenden más verosimilitud y realidad que aquellos de una película de Disney, por lo que se vuelven entrañables. Totoro, Chihiro, Howl o Sophie son algunos de aquellos nombres que permanecen en nuestra memoria después de haber visto una película de Studio Ghibli.

Está elección estilística y de contenido responde a debates y tensiones que se producen en las sociedades asiáticas contemporáneas. 

Tanto en Japón como en Corea del Sur, los avances tecnológicos y la introducción del capitalismo financiero hicieron estragos en términos de alienación laboral. La tecnología y el consumismo frenético trastocaron los valores de estás sociedades. 

En este sentido, las películas de Ghibli aportan una visión ecosocialista del mundo y la sociedad, aportando paisajes naturales y una reivindicación de la vida en la naturaleza. 

Estas herramientas de soft power social se alejan de la política exterior del gobierno de Japón, alineada con los Estados Unidos. 

Reflexiones finales 

En definitiva, Studio Ghibli es un claro ejemplo del crecimiento de la contracultura en las sociedades capitalistas en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Su visión socialista y con una marcada impronta ecologista lo diferencian de otros estudios de animación que priorizan el lucro por sobre la calidad.