Show ideológico: el error de Milei en la ONU
El discurso de Javier Milei en la ONU cuestionó el multilateralismo y puede debilitar el reclamo argentino por Malvinas y la cooperación internacional.
Bajo la crítica hacia el multilateralismo, el discurso de Milei en la Asamblea de la ONU no solo deja a la Argentina al margen de la agenda de derechos y equidad, sino que debilita el reclamo por Malvinas y compromete la inserción económica de las provincias.
Esta nueva escena de Milei en la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas no representó un simple cambio de matiz político, sino un quiebre con la tradición diplomática argentina y un error estratégico de magnitud para la política exterior nacional.
Luego de reducir la gobernanza multilateral a un “Leviatán” y calificar a los consensos internacionales como una imposición ideológica, la postura adoptada ante el máximo foro global expone a la Argentina ante un aislamiento autoinfligido, en momentos en los que la cooperación internacional es urgente.
Este cambio de matiz político se tradujo en la premisa agresiva a la que estamos acostumbrados en sus discursos políticos, pero ahora en Naciones Unidas. Allí, Milei calificó a la organización como “socialista” y sostuvo que sigue una “agenda woke”, en referencia también a la Agenda 2030. Esta postura puede desembocar en un aislamiento autoinfligido en momentos críticos para la comunidad internacional.
El abandono del multilateralismo: desarmar la herramienta histórica de los países de desarrollo medio
Es de común conocimiento que la Argentina es un país emergente. El multilateralismo y el derecho internacional no son opciones ideológicas, sino elementos esenciales para la soberanía de los Estados. La decisión de distanciar a la Argentina de consensos globales como el Pacto para el Futuro o la Agenda 2030 debilita la capacidad de negociación del Estado.
Al atacar a Naciones Unidas, Milei genera una contradicción insalvable, ya que desacredita la legitimidad del sistema que da sostén jurídico e histórico al reclamo argentino sobre las Islas Malvinas.
Ante esta situación, la Argentina pierde capacidad dentro de un marco multilateral sólido, que es el espacio donde países como el nuestro pueden exigir el cumplimiento de las resoluciones internacionales.
La Resolución 2065 (XX) reconoció formalmente la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido y encuadró el caso dentro de la agenda de descolonización, instando a ambas partes a negociar. El error de Milei radica en la desacreditación de las decisiones de la ONU, porque erosiona la validez del instrumento diplomático en el que Naciones Unidas apoya el reclamo argentino frente al Reino Unido.
Si, según Milei, las resoluciones de la ONU carecen de peso o valor, se le otorga la razón por omisión al Reino Unido por desconocer el llamado multilateral al diálogo.
Es innegable que la intransigencia del Reino Unido para sentarse a negociar genera frustración diplomática. Sin embargo, acusar al foro multilateral por la desobediencia de una potencia colonial demuestra una grave incomprensión de las herramientas diplomáticas de los países en desarrollo.
Las Naciones Unidas no son un tribunal con un ejército propio para ejecutar sus decisiones. Son la arena política donde los Estados sin poder militar hegemónico construyen consensos.
Descalificar al organismo porque la otra parte del conflicto ignora sus resoluciones no debilita a Londres. Al contrario, debilita a la República Argentina, privándola de la trinchera política donde, año tras año, obtiene respaldo del Comité de Descolonización y del Grupo de los 77 más China.
Retroceso en la agenda de género y derechos humanos
Desde una perspectiva interseccional, y en línea con lo desarrollado a lo largo del artículo, la descalificación hacia la ONU también refleja un profundo desconocimiento de décadas de avances impulsados por la organización en materia de género y derechos humanos.
El retiro o cuestionamiento de compromisos en materia de derechos de las mujeres no solo puede aislar al país frente a mecanismos internacionales como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), sino que también puede debilitar redes de financiamiento, asistencia técnica y cooperación internacional destinadas a erradicar toda manifestación de violencia contra las mujeres.
El repliegue realizado por Milei ignora la realidad del territorio nacional. La violencia de género, las brechas salariales, la desigualdad laboral y la falta de autonomía económica no son temas de debate abstracto, sino barreras estructurales que afectan el desarrollo de todas las mujeres y familias argentinas.
Impacto en las provincias y en el desarrollo sostenible
Un análisis integral de las Relaciones Internacionales no puede prescindir de su dimensión federal. El rechazo de Milei a los compromisos climáticos y a los estándares internacionales de sustentabilidad coloca a la Argentina en una posición contraria a las exigencias del comercio global, donde los mercados de destino imponen regulaciones de cumplimiento obligatorio, como el Reglamento de la Unión Europea sobre productos libres de deforestación (EUDR).
El desconocimiento explícito de la crisis climática puede frenar la llegada de inversiones dirigidas al desarrollo de infraestructuras regionales y a la transición energética en las provincias.
Tal como señalan informes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y de la CEPAL, el acceso a líneas de financiamiento e inversiones internacionales depende cada vez más del cumplimiento de criterios ESG —ambientales, sociales y de gobernanza.
Dar la espalda a estos marcos globales perjudica de manera directa la competitividad exportadora de las economías provinciales.
Una política exterior que no se encierre
El liderazgo internacional no se construye por medio del choque ideológico, sino tejiendo alianzas, construyendo consensos e incidiendo en las decisiones globales.
El erróneo discurso de Milei en la ONU desprovee a la Argentina de sus herramientas diplomáticas más valiosas. Por eso, el presidente Milei debe reflexionar sobre el daño que sus retóricas ideológicas le hacen a nuestro país.
Lo que debería hacer es reivindicar una política exterior profesional, seria, inclusiva, con perspectiva federal y de género. No es una postura partidaria, sino una necesidad de Estado para no quedar al margen del mundo.
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